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La tortuga gigante

  • raulgr98
  • hace 2 minutos
  • 10 Min. de lectura

¡Bienvenidos pasajeros! Cuando pensamos en el escritor uruguayo Horacio Quiroga, lo más común es remitirnos a sus célebres cuentos de horror, y sería un salto lógico: no sólo son textos incluidos en múltiples antologías, sino que parecen corresponder a la biografía del autor, quien no tuvo una vida fácil. En momentos de estrés y nerviosismo, tengo la mala costumbre de verme atraído por narraciones oscuras, y con esa intención planeé la publicación de hoy, pero después recordé que Quiroga también experimentó con el relato infantil y juvenil, y en un esfuerzo de regresarme a mí mismo un optimismo que necesito, decidí compartir con ustedes uno de sus cuentos más esperanzadores.


Parte de la antología "Cuentos de la selva", inspirada tanto en la obra de Kipling como en los viajes del propio Quiroga, el relato sigue a un argentino que se ve obligado a dejar Buenos Aires cuando cae enfermo. En la soledad de la jungla, un súbito acto de misericordia será la clave para salvarle la vida.


En cuestión de estructura, es de los relatos más cortos de Quiroga, pero logra un excelente balance de sus distintas inspiraciones para lograr un texto híbrido: por un lado, la presencia de animales conscientes es una clara alusión a los cuentos de hadas clásicos, mientras que la moraleja, nada sutil, lo acerca a una versión extendida de una fábula o parábola (con la que comparte elementos como el lenguaje sencillo y la falta de nombres para los personajes). Sin embargo, es ligeramente más largo que ambos géneros, con un ritmo un poco más pausado que en su resolución incluso llega a jugar con elementos de la fantasía épica, al concentrarse en lo extenuante del viaje.


La ciudad y la selva, las dos locaciones principales; representan un contraste evidente, dicotomías en las que el autor sobresale y que mantienen en la ambigüedad algunos de los elementos fantásticos del género: si bien casi todo el cuento transcurre en lo salvaje, el aspecto urbano siempre presenta lo ancla en la modernidad; y gracias a la ingeniosa inserción de un delirio febril resulta poco claro el nivel de fantasía en el que se ubica el texto: ¿se trata de un realismo mágico en el que el protagonista aceptaría con naturalidad la inteligencia de la tortuga, o esta lo tomaría por sorpresa? El protagonista también está lleno de contrastes, que permiten que el lector se sorprenda pese a la ausencia de un arco de personaje: aunque e introducido como "bueno y trabajador", sostén de su familia, el elemento de caracterización que más cobra importancia en la parte media es su faceta de cazador, con lo que su acto de clemencia es simultáneamente inesperado y congruente con su presentación inicial.


Recuerdo la primera vez que leí este relato, y no sé si fue intencional por parte del autor, pero mi conocimiento previo de su faceta como narrador trágico definitivamente sentó expectativas que jugaron con mi proceso de lectura: la descripción de lo arduo de las circunstancias de los dos personajes centrales está tan bien lograda que pasé toda la parte final del cuento esperando un desenlace trágico, y el momento en el que toda esperanza parece perdida, gracias a un buen toque de ironía negra, es el párrafo más memorable del cuento, antes de una resolución feliz en extremo satisfactoria.


El mensaje central es uno universal: los buenos actos son recompensados, y aunque puede parecer simplón en un mundo cada vez más cínico, es una lección importante de recordar, que en el cuento está bien construida; de hecho resulta impresionante lo entrañable que logró el autor que fuera una relación entre dos personajes que nunca intercambian palabra, pues Quiroga sobresale en construir imágenes mentales con una descripción relativamente mínima, centrada en la acción.


Un último punto que quiero compartir con ustedes es una moraleja secundaria, sobre lo inesperado de la vida, pues si nos concentramos en los aspectos puramente médicos de la historia, el consejo que detona toda la trama (que el protagonista sólo puede curarse lejos de la ciudad) es falso, pues habría muerto en la selva. Sin embargo, de no haber dejado Buenos Aires no habría conocido a la tortuga, y quizá hubiera continuado enfermo, sin alcanzar la plenitud que le faltaba en la vida (queda implícito que antes de enfermar vivía solo para el trabajo). De esta forma, el consejo resultó ser cierto, pero por razones distintas, en una comprobación casi cósmica de los caminos del destino.


Los dejo con el cuento, es breve y creo que vale la pena leerlo, pues es en verdad reconfortante:


Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. Él no quería ir, porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día:


-Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a vivir al monte, a hacer mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien.


El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien. Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después comía frutas. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramada con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia.


Había hecho un atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al hombro. Había también agarrado, vivas, muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque allí hay mates tan grandes como una lata de querosene. El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día en que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigre enorme que quería comer una tortuga, y la ponía parada de canto para meter dentro una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador, que tenía una gran puntería, le apuntó entre los ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto.


-Ahora -se dijo el hombre- voy a comer tortuga, que es una carne muy rica.


Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne.


A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre.


La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse.


El hombre la curaba todos los días y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo.


La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre y le dolía todo el cuerpo.


Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre.


-Voy a morir -dijo el hombre-. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quién me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed.


Y al poco rato la fiebre subió aún más, y perdió el conocimiento.


Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces:


-El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo lo voy a curar a él ahora.


Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar enseguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera. El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie.


Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas.


El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta:


-Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí.


Y como él lo había dicho, la fiebre volvió esa tarde, más fuerte que antes, y perdió de nuevo el conocimiento. Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo:


-Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires.


Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje.


La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima. Después de ocho o diez horas de caminar se detenía, deshacía los nudos y acostaba al hombre con mucho cuidado en un lugar donde hubiera pasto bien seco.


Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir.


A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua! ¡agua! a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber.


Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta:


-Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y solo en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo en el monte.


Él creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino.


Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde hacía una semana para llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada.


Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba el cielo, y no supo qué era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no había podido salvar al hombre que había sido bueno con ella.


Y, sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje.


Pero un ratón de la ciudad -posiblemente el ratoncito Pérez- encontró a los dos viajeros moribundos.


-¡Qué tortuga! -dijo el ratón-. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, que es? ¿Es leña?


-No -le respondió con tristeza la tortuga-. Es un hombre.


-¿Y dónde vas con ese hombre? -añadió el curioso ratón.


-Voy… voy… Quería ir a Buenos Aires -respondió la pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía-. Pero vamos a morir aquí porque nunca llegaré…


-¡Ah, zonza, zonza! -dijo riendo el ratoncito-. ¡Nunca vi una tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que ves allí es Buenos Aires.


Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa porque aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha.


Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo. El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a buscar remedios, con los que el cazador se curó enseguida.


Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, cómo había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios, no quiso separarse de ella. Y como él no podía tenerla en su casa, que era muy chica, el director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si fuera su propia hija.


Y así pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le tienen, pasea por todo el Jardín, y es la misma gran tortuga que vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las jaulas de los monos.


El cazador la va a ver todas las tardes y ella conoce desde lejos a su amigo, por los pasos. Pasan un par de horas juntos, y ella no quiere nunca que él se vaya sin que le dé una palmadita de cariño en el lomo.


  • Título original: La tortuga gigante

  • Autor: Horacio Quiroga

  • Año de publicación: 1916





Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío

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