La venganza del tunkuluchú
- raulgr98
- hace 1 día
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De joven no había nada que amara más que el canto de las aves, la melodía natural me seducía más que el fuego o el grano de cacao; y no había locura que pareciera excesiva si se trataba de escuchar la música. Tal era mi obsesión que, aunque ahora me veas acabado y olvidado, hubo una época en que fui famoso, por ser el único mortal que asistió a la fiesta de la corte de las aves. Fue el momento más feliz de mi existencia, pero también el principio de mi desgracia, pues ahora en mi vejez, mientras el frío conquista cada uno de mis huesos, no hay nada que tema más que escuchar una última canción.
Es muy fácil ser cruel si se hace con una sonrisa el rostro, y es verdad cuando se dice que no hay animadversión alguna contra aquellos a quienes humillamos, apenas los notamos, ahogados entre los aplausos y las risas. Sí, uno los olvida apenas termina la broma, pero ellos recuerdan, y hay algunos que regresan.
El día que mi vida terminó, aunque no lo sabía en aquel entonces, comenzó cuando vi aves en el cielo. Por sí misma aquella no sería anormal aparición, sino fuera por la velocidad de su aleteo y la cantidad de ellas en el aire. Intrigado, seguí a una de ellas y me escondí en la oquedad de un ahuehuete. Tras muchos años de seguirlos, un poco había logrado aprender del lenguaje de las aves, y alcancé a descifrar una sola oración, que me produjo mayor alegría que ninguna otra noticia anterior o posterior.
—Esta noche el rey de las aves dará un gran banquete para todos sus súbditos, y estás invitado a la celebración.
Permanecí en mi guarida apenas lo suficiente para escuchar el lugar donde tal evento se llevaría a cabo, y me alejé sigiloso. Al regresar a mi casa, bailé y brinqué alrededor de mi catre: mi corazón latía como si fuera a salir de mi pecho, y dentro de mí sentía un calor que me hacía temblar, como si un fuego estuviera a punto de estallar desde lo más profundo de mis entrañas. Para entonces conocía el canto de casi todos los pájaros de la creación, pero esa noche podría escuchar al coro completo, una sinfonía que ningún mortal había experimentado antes. Aquella fue la primera tarde que no pude conciliar el sueño, pero también fue la única en que la causa de mi desvelo sería la alegría.
Pues cuando el sol comenzó a ocultarse, pensamientos oscuros comenzaron a atormentarme “no eres digno de escuchar la canción” “te descubrirán y te atacarán” “será tal su desprecio que ninguno volverá a cantar en cercanía tuya”. Intenté caminar, intenté respirar, pero nada las silenciaba, y al aumentar las sombras en el exterior crecían también en mi interior. Sólo un remedio alivió las dudas, el cántaro de barro, lleno de una bebida fermentada, que vacié más de una vez antes de reunir la voluntad de tomar el camino a lo más profundo de la selva.
Hay ebrios que quedan dormidos a mitad del camino, hay otros que se mecen en silencio como si de un trance se tratara, y otros más que no recuerdan nada de lo que hicieron en su estupor. ¡Lo que yo daría por haber sido cualquiera de esos! Pero a mí, el beber me hace inconsciente, y llegué a la corte de las aves sintiéndome no un intruso, sino el invitado de honor.
Recuerdo haberlos visto a todos, y singular debió haber sido el brillo en mis ojos: contemplé la majestuosidad altiva del águila, segunda sólo del rey. Sonreí con la brillante entrada de la guacamaya, de rojo plumaje y lengua ingeniosa; y aunque nadie lo vio, me arrodillé ante la belleza del quetzal, y juro que mis dedos alcanzaron a rozar la última pluma de su esplendorosa cola. A cada uno de ellos, un heraldo emplumado los presentaba, para que todos recordaran sus glorias y hazañas. Entonces escuché un nombre que no conocía:
—Tunkuluchú, sabio consejero del rey.
La criatura que respondía a aquel nombre me desagradó al instante, y no puedo explicar del todo por qué. Quizá se debió a que sus plumas cafés, manchadas de blanco eran las menos bellas de entre todos los invitados. Puede que me sintiera juzgado por sus ojos severos, completamente negros. Admito incluso que me enojaba comprobar que mis saberes tenían límite, y que había aves que no reconocía, pero aunque me da vergüenza decirlo, tenía celos de un pájaro, porque veía el respeto con el que lo trataban, y ver a un ser indigno a mis ojos posarse junto al rey me llenaba de ira.
Contemplando la dureza de su rostro, aquella noche sólo veía soberbia y orgullo. No fue hasta mucho tiempo después, cuando recuperé la cordura, que me pregunté si acaso su reticencia a participar del festejo se debía a la timidez; pues lo que ignoraba aquella noche es que el Tunkuluchú sólo cazaba de noche, pues aunque siempre está dispuesto a ofrecer consejo se sentía incómodo al ser observado, y abrumado en la más pequeña de las multitudes.
¡Oh, si tan sólo mi compasión fuera tan grande como mi curiosidad! Pero en aquel momento, henchido de orgullo por haberme podido colar en tan magnífico evento, estaba ciego al hecho de que aquel extraño ser se sentía tan nervioso como yo lo había estado apenas unas horas atrás, y al igual que yo, comenzó a beber, y yo nunca consideré lo parecido de nuestras situaciones.
Pronto, Tunkuluchú se balanceaba con torpeza, y una niebla cubrió sus oscuros ojos; estaba ebrio, quizá por primera vez en su vida, y yo no podía hacer sino jactarme mientras reía y bailaba, atreviéndome ya a salir de mi escondite: “Miren al consejero real, quien pierde toda elocuencia con un par de tragos, mientras que a mí sólo me confieren más valor”, pensaba con sorna.
Entre más liviano me sentía yo, más tropezaba él al tratar de caminar entre las ramas. Yo me veía hermoso, quizá por primera vez, y él llenaba sus plumas de fango y ramas. Las aves reían de cada una de mis ocurrencias, que pensaba la cúspide del ingenio, mientras sus tartamudeantes intentos de humor eran recibidos sólo con silencio. Entonces el rey alzó el vuelo y declaro que todos los invitados se unieran a una misma canción. Y yo canté, canté como nunca, pues me sentía uno más de ellos.
Era la gloria, pero entonces un sonido espantoso cortó el aire como daga, y al instante se terminaron el vuelo, el baile y la música misma, pues había acontecido lo impensable: un ave había desentonado el canto.
Durante un par de segundos eternos, nadie habló, pero entonces yo vi la oportunidad de ser el centro de la fiesta, y señalé a Tunkuluchú con mi dedo:
—Eso no es un ave, sino un ratón con alas. ¡Cómo va a ser un sabio consejero, si un mortal canta mejor que él!
Y así seguí, una broma tras otra, cada una más hiriente que la anterior, y aunque el coro de sonrisas fueron sutiles al inicio, puede que incluso involuntarias; poco a poco el resto de las aves cayó presa de la más cruel de las complicidades y pronto se entonó una nueva canción, de burla, dirigida a una sola alma. Si un ave pudiera sonrojarse, aquella lo habría hecho de un color más intenso que el del sol; encogida, trató de huir, pero la combinación de la humillación y del alcohol hizo que se le olvidara incluso que podía volar; y en ese momento, cuando me creía invencible, se me ocurrió acercarme para intentar robarle una pluma de la cola. Fue entonces que el Tunkuluchú desplegó sus alas para huir de mi mano, pero en lugar de remontar el vuelo, sólo consiguió caer de cara en el fango. El sabio consejero del rey de las aves huyó entonces caminando, pero al girar por última vez clavó sus ojos en mí, y supe, incluso entonces que nunca me olvidaría.
No lo volví a ver por semanas después de eso, y aunque una parte de mí se arrepentía de tan indigno comportamiento, otro soñaba despierto con otro concilio, ahora recibiendo mi propia invitación. Finalmente, en un crepúsculo de invierno, tomé un camino equivocado cuando volvía del mercado y acabé en el lugar de entierro del pueblo. Ahí, posado sobre la tumba más reciente, se encontraba el Tunkuluchú. No cantaba, tampoco se movía; pero ponía una atención extrema a su entorno. Parecía más solo que nunca, y cuando me miró con sus ojos oscuros, no hizo mayor señal, pero reconocí un profundo odio en su mirada. No lo sabía entonces, pero desde aquella noche había perdido el respeto de todos los suyos, y por eso ahora castigaría no a mí, sino a todos los míos.
Tres días después de aquel encuentro, estaba con un amigo caminando por el bosque cuando me sorprendió un canto: aunque ahora era entonado, y mucho más lúgubre, reconocí su tímido tartamudeo, y su tono me puso los pelos de punta, el ave a la que había humillado estaba cantando.
— ¿Qué quieres de mí? ¡Muéstrate!
Pero el Tunkuluchú no respondió. Mi amigo se rio, me llamó paranoico y se despidió en mi puerta con abrazo fraternal. Fue el último que me dio, pues aquel joven fuerte como un jaguar falleció mientras dormía. Una enfermedad repentina, pero no dejaba de ser sólo una coincidencia; me repetía, y eso fue hasta tres días después, cuando fui a cenar a casa de uno de los hombres más poderosos de la aldea, que era tan amante de las aves como yo. Su mujer me abrió la puerta de su casa, y sus tres hijos me recibieron como si fuera de la familia, pero entonces, mientras terminábamos una conversación muy agradable, de la ventana se volvió a escuchar un canto pausado; la misma melodía, cinco veces, y cuando me asomé sobre una rama vi los ojos oscuros de Tunkuluchú, y casi podría jurar que su pico sonreía.
Esa noche no pude dormir, inquieto en mi catre, pero al levantarme me repetí que era un iluso, demasiado mayor ya para comenzar a creer en señas y portentos; pero cuando al mediodía regresé al centro de la aldea, vi a decenas de gente corriendo de un lado al otro, y otros más en el más desconsolado de los llantos.
— ¡Una tragedia! —me dijo un transeúnte cuando lo interrogué— la casa del viejo rico ha colapsado. Aún no quitamos los escombros, pero creo que los cinco habitantes han muerto.
Quedé sin habla, y jamás volví a pensar con alegría en el canto de las aves, pero aún necesitaba una prueba más. Esa misma noche, visité el hogar de una familia cuyo hijo pequeño llevaba días enfermo, y en efecto, sobre su techo estaba Tunkuluchú, ululando casi con gozo.
"¿Cómo lo hace?" me preguntaba esa noche hasta casi caer en la locura, y recordé al ave en el cementerio. "¿A qué le ponía atención? No podía escuchar sino el silencio, y no había nadie a quien ver hasta que yo llegué".
Otra noche sin dormir, pero encontré la respuesta, que grité a todo el pueblo a la mañana siguiente, mientras enterrábamos al infante.
—Tunkuluchú ha aprendido el aroma de la muerte. Ahora sólo cantará cuando está cerca.
Si no fuera por la pena de la pérdida, se habrían reído de mí ahí mismo. Nadie me creyó, no hasta que otros escucharon el canto, sólo para enterrar a la persona con la que estaban en pocas horas; y si un pobre desgraciado llegaba a estar solo cuando escuchaba la canción, apenas tenía tiempo de lamentarse con el primero que encontrara antes de ser arrastrado al inframundo.
Y entonces alguien recordó que yo había presumido haber asistido al cortejo de las aves, y aunque es la primera vez que cuento los detalles, alguien intuyó que de alguna forma, la venganza del Tunkuluchú había sido culpa mía. Desde entonces vivo solo, languideciendo en mi casa derruida, pero no he vuelto a escuchar a mi perseguidor, porque sabe que a veces, el silencio es un augurio más terrible que su canto fatídico.
Pero sé que algún día, Tunkuluchú volverá a mi ventana, y lo último que escuche en mi desgraciada vida será el canto del que osé burlarme.
¡Bienvenidos pasajeros! Una de las leyendas mexicanas que la mayoría conocemos desde niños es que el canto del tecolote augura la muerte, pero pocos saben la historia detrás de esa creencia. Espero que hayan disfrutado esta versión maya.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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