La última línea
- raulgr98
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Stratford Upon Avon, 25 marzo de 1516
El cisne había visto morir a sus padres, a casi todos sus hermanos, a su hijo; demasiado de cerca para ser ahora ingenuo. Sabía que estaba próximo a cantar su última canción. Tendido, sudoroso y tembloroso, en la cama del cuarto de invitados de su propia casa, pues no podía ya subir escaleras, sentía que aún le faltaba algo por hacer. No había día que no añorara al niño que le fue arrebatado, pero la vida le había regalado otro, el hombre alto que ahora lo revisaba.
—John, una ventaja de ser suegro del único doctor del pueblo, es que nunca nadie me dará malas esperanzas, pues es pecado mentirle a la familia. ¿Cuánto?
—Si logramos que la fiebre ceda, quizá podamos ganar un par de semanas; pero... no creo que llegue al verano.
—Susana hizo bien en encontrarte. He conocido más dolores que dichas en este mundo, pero verlas felices a ella y a mi nieta, ha sido la más grandes. Cuida a la familia John, eres mi único hijo y necesito que te hagas cargo.
—Thomas...
—Lo tomaba por más prudente, doctor. No me quedan muchas cosas por escuchar, y preferiría que el nombre de ese hombre no fuera una de ellas.
—No se han cumplido los dos meses de matrimonio, tal vez sea pronto para juzgarlo. Y la mujer con la que tuvo su...incidente... falleció de parte hace diez días. El bebé tampoco sobrevivió. Quizá ahora que no queda nada de su desliz...
—Si la irrespetó al estar cortejando, cuando tenía mucho que perder, lo volverá a hacer casados. Una hora me tomó saber que aquel tipo era una mala semilla. Jamás debieron matrimoniar, pero estaba tan cansado para oponerme....Pero juro por Dios que él no tocará un penique de lo mío. John, necesito que llames a Collins, no debe pasar de hoy.
—Susana y Judith se aman; ¿de verdad cree que sea moral dejar desamparada a una de las hijas en favor de la otra?
—Encontraré la forma de protegerla. Necesito mi astucia conmigo, mientras aún la tenga. ¡Haz lo que te pido!
— ¿Has pensado en testigos?
— Quién sea, menos tú. No es por desconfianza, hijo; pero prefiero evitar los rumores sobre un yerno moviendo la mano de su padre enfermo.
Un par de horas después, en compañía de dos comerciantes y un viejo abogado, el escritor retirado dictó su última voluntad. El anciano Collins selló las tres páginas, y el moribundo firmó con una mano débil. El trazo era tembloroso, fragmentado, pero aún se reconocía como suya. Hizo una última pregunta:
—Si dejas el testamento aquí, y en la noche se me ocurre algo más ¿dirás que lo hice frente a ti?
—No taches nada; pues no podré en buena fe justificar eso; pero por tratarse de ti...me haré de la vista gorda a una adición, siempre que me la digas en uso de razón cuando regrese mañana por él.
Esa noche, el bardo se despertó con un solo pensamiento "estoy solo en el lecho"; y por primera vez, aquella verdad le dolió. Muchos años de separación, muchas noches en casas distintas, muchas cosas nunca dichas. Algo debía hacer, pero incluso en ese momento, le daba vergüenza incluso pronunciar su nombre. Ni una vez en treinta y cuatro años le había dedicado un verso, pero ahora la última línea sería para ella.
La vela que su nieta había dejado prendida junto a la cama estaba a punto de consumirse. Con una fuerza que no tenía desde sus días de actor, el escritor más famoso de Inglaterra se incorporó, tomó por última vez la pluma, y garabateó nueve palabras en el primer espacio en blanco que encontró entre los renglones. Cual bestia abatida, se dejó caer en la cama del cuarto de invitados de su casa. Nunca se volvería a levantar.
Veintinueve días después
Los últimos Shakespeare no se reunieron en New Place, donde el bardo expiró; sino en la casa de la calle Henley, pues la viuda había decidido que el último adiós fuera en el lugar donde nació Will, donde murió el hijo que compartieron. El resto de los dolientes no compartían nada en estado de ánimo o actitud, sólo la ropa de luto: Judith parecía al borde de la locura, sollozando en el piso; Susanna, estoica cual héroe de la antigüedad, abrazaba a su hija de ocho años que lloraba en silencio. Joan, convertida en la última de ocho hermanos que seguía sobre la tierra, parecía no terminar de entender lo que pasaba, pues no hacía una semana que había enterrado a su marido. Sus tres hijos, de quince el mayor y ocho el menor; eran los únicos con ánimo de hablar, aunque fuera de forma incómoda, de cualquier cosa con tal de distraerse. Los dos yernos se encontraban en la puerta, esperando la llegada del abogado, pero sus miradas no podrían ser más distintas: la de John Hall intranquila, como si viera nubes de tormenta, la de Thomas Quincey llena de una avidez imposible de ocultar.
Agnes Hathaway no recordará las formalidades, ni las palabras de pésame, sólo la creciente sensación de vacío al ver como el señor Collins leía los nombres de todas las personas en las que un marido al que sentía que apenas conoció, pensó antes que en ella.
"William dejó un donativo para los pobres de Stratford, una pensión para mí por los años de servicio, y pequeñas cantidades a diez de sus amigos de Londres, a quienes veré cuando me traslade a la ciudad. Pero supongo que su prioridad es para los que están aquí reunidos".
"A mi hermana Joan, una renta anual de veinte libras, y las ganancias de la venta de toda mi ropa. Es mi voluntad que tenga el derecho de residir hasta el final de sus días en la casa de la calle Henley, sin otra obligación más que la de pagar una renta simbólica a mis herederos que no sea mayor a los doce peniques anuales".
"A sus tres hijos, William, Thomas y Michael Hart, una renta de cinco libras a cada uno, a pagarse en el aniversario de mi fallecimiento".
"A mi nieta Elizabeth le lego toda mi vajilla, excepto el platón de plata y cubierta de oro, al que mi hija Judith siempre le tuvo afecto especial".
"A mi hija Judith además del antes mencionado platón, le dejo una renta de ciento cincuenta libras, más un ingreso adicional de otras ciento cincuenta de vivir ella o sus descendientes a partir del tercer aniversario de mi fallecimiento. Hago responsable de este dinero a mi único hijo, el doctor John Hall, a fin de que haga valer mi voluntad expresa de que el marido de mi hija no podrá nunca disponer de nada de ese dinero. Si Judith fallece sin descendientes, las rentas serán redistribuidas a mi nieta y mis sobrinos, e incluso de tener herederos de su sangre, se suspenderán los pagos al momento en que su marido, de sobrevivir, contraiga matrimonio de nuevo o se le descubra relación alguna, sentimental o carnal".
Agnes Hathaway miró de reojo a su hija menor, pero esta parecía apenas estar consciente de lo que pasaba a su alrededor. Los meses antes de su boda, fueron los primeros en los que Judith había vuelto a ser la que era antes de la muerte de su gemelo; sólo para descubrir dos días antes de los esponsales que su novio esperaba un hijo con otra mujer. Will ya estaba enfermo entonces, y nunca fue tan elocuente con su familia como con la pluma; pero ahora obraba su venganza desde la tumba, quizá no eran ciertos sus temores de que al final, se había olvidado de su familia.
La viuda vio también a su yerno, con la quijada abierta, demasiado confuso para siquiera enojarse; y alcanzó a vislumbrar la naturaleza de ese hombre, que sólo su marido alcanzó a vislumbrar: aquel truhan, que no había llorado por su amante ni por su hija, al ver la herencia perdida, por fin sentía lo que el resto de los reunidos llevaba mucho tiempo cargando: Thomas Quincy comenzaba a sentir duelo. No podía prever que la tormenta estallaría cuando el abogado leyó a los últimos beneficiarios.
"Todas mis propiedades en Stratford, incluyendo New Place y la casa de la calle Henley, así como aquellas en Bushopton, Welcombe, Warwick y la casa de Blackfriars en Londres, así como cualquier otro terreno, jardín y establo; con las rentas que les corresponden por ley, las dejo a mi hija Susanna, para usufructo de ella y todos sus descendientes."
"Una vez pagadas deudas y gastos funerarios, cualquier otro bien material lo lego a mi yerno John Hall y mi hija Susanna, su esposa, a quienes nombro albaceas y ejecutores de mi testamento y última voluntad".
— ¡Ladrón! —gritó Quincy, abalanzándose sobre su concuño— ¿qué le diste, bellaco?
John Hall no era un cobarde, pero su instinto le ordenó que diera un salto hacia atrás cuando un hombre más bajo, pero mucho más corpulento, se le echó encima. Logrando evitar el primer golpe, se colocó a espaldas del agresor y lo sostuvo por el cuello, pero aún así fue necesaria la intervención de los dos hijos mayores de Joan para someterlo; e incluso mientras lo expulsaban de la casa, continuaba vociferando:
— ¡Este miserable era su médico! Le confundió la mente con opio, o alguna de sus malas artes. ¿Podemos garantizar qué no era su firma?
Comenzaban a acercarse los murmullos, y el doctor tuvo que salir a controlar el escándalo. Aprovechando la oportunidad, Joan ofreció acompañar a la pequeña Elizabeth a su casa, y salió con ella y sus tres hijos. Hasta Judith salió, con la cara enrojecida: por fin había dejado de llorar, pero su madre no podía saber si era por ira hacia su padre o vergüenza por su marido. Quedaban la viuda con su hija mayor, y el viejo abogado, pero entre más silenciosa quedaba la casa, más crecía un vacío que había comenzado a surgir en el interior de Anne. Había una pregunta que la carcomía, pero que no se atrevía a hacer, pues la necesidad de unas palabras de amor fácilmente se pueden confundir con codicia si no hay el momento apropiado. Susanna lo hizo por ella:
— ¿No menciona a nadie más? —y tras la negativa lacónica del abogado, se volvió hacia su madre —papá sabía que John y yo, nos haríamos cargo de ti...
—Además — dijo el abogado, buscando con premura algo más en el documento— la ley dice que independientemente de lo que diga un testamento, le corresponde 'por derecho un tercio de todos los bienes de su marido; y eso él lo sabía. Aún así, estoy seguro que la mencionó en alguna parte...
—No me importa. Fuimos más felices cuando éramos más pobres, de cualquier forma. Sé, abogado, que los hombres no nos incluyen en la repartición de bienes, pero suelen aprovechar para dar las gracias por los años, unas palabras amables, una despedida...
— ¡Lo encontré! —exclamó Collins —fue lo último que William escribió, aquí entre estas dos líneas.
Agnes Hathaway se acercó a ver lo que le señalaban, un garabato apenas legible, pero en efecto era la letra de su marido. La leyó con hambre, buscando rastros del amor que alguna vez se juraron, y que se desvanecía conforme la estrella del bardo crecía, pero el escritor que movió los corazones de miles, a ella sólo le había destinado nueve palabras:
"A mi esposa, le dejo mi segunda mejor cama".
Como si de un alma en pena se tratara, Agnes regresó en silencio a su casa. Si el abogado le dijo algo más, lo ignoró. Si su hija trató de seguirla, ella la dejó atrás. Sola, entró a la recámara de invitados en el primer piso, que seguía oliendo a él.
—Ni siquiera te atreviste a escribir mi nombre —murmuró.
Alguien había tendido la cama, borrando la huella del muerto que había amanecido en ella en la mañana. Madera de roble oscuro, almohadas de plumas de aves exóticas, traídas del continente; y sábanas de seda teñida de azul. Sí, la gente en Londres sin duda era vanidosa, y a Will no había podido adquirir algunos de esos rasgos. Esa maldita cama probablemente valía más que la casa de la calle Henley, pero...
"le dejo mi segundo mejor cama". No, aquel lujoso lecho pertenecía ahora a Susanna, como casi todo lo demás. ¿Era un castigo por negarse a depender de él, obligarla ahora a rogarle a su hija? ¿O acaso tan poco había valido su matrimonio, que estimó que un tercio que dictaba la ley era más de lo que merecía? Pero entonces, real o imaginado, nunca sabría decirlo, volvió a escuchar la voz de su marido:
"Morí en esa cama Agnes. Mucho fue lo que cargaste conmigo en vida, no te encadenes ahora a mi muerte".
Susanna Shakespeare encontró a su madre revisando cual poseída toda la casa, habitación por habitación; pero no movida por la ambición o el despecho, sino por la más simple de las curiosidades:
— ¿Cuál es la segunda mejor cama? —preguntaba sin cesar.
Recordaba el día que se mudaron a New Place, poco después del entierro de su pequeño Hamnet. Will no había reparado en gastos, la había renovado casi por completo, y llenado de lujos; pero de Londres sólo había mandado traer una cama, la de roble, en el cuarto de huéspedes. Todas las demás, eran de Stratford. Revisó los cuartos que habían sido de los niños, la que Will había preparado para su madre en sus últimos años; a ninguno le había faltado nunca nada, él consentía todos sus caprichos, pero las camas eran simples, duras, hasta toscas.
"¿Será posible?" se preguntó, mientras entraba en la habitación a la que temía incluso más que a la del piso de abajo, la que había dejado para el final. La cama de aquel cuarto, en el que Agnes durmió sola mucho antes de quedar viuda, era también sencilla, sin ningún tipo de lujos, pero tenía su encanto. Cada cierto tiempo, Will la mandaba pintar, para que mantuviera vibrante su color rojo; y él mismo había tallado los pájaros clavados a la cabecera. Esa cama era lo más que se podía permitir entonces un tutor de latín de pueblo, el hijo de un guantero, pero Agnes siempre la había amado, pues la había acompañado por más de treinta años, pues William la había comprado el día antes de su apresurada boda.
— ¿Fue a propósito Will, que nunca dejaras que nuestros hijos tuvieran una cama mejor que la nuestra? ¿Te poseyó alguna clarividencia? ¿Qué significa?
El viento ya no le trajo la voz de su marido; pero Agnes, pese al dolor, logró esbozar una tímida sonrisa. Una última línea, sin ningún afecto aparente, lo había cambiado todo. William Shakespeare había pensado al final en el lecho conyugal, y era eso lo que le había regresado. ¿Un mero símbolo del afecto que creía desvanecido? ¿Un recuerdo de unos años más felices? Nunca sabría lo que pensó en realidad en aquellos delirios finales, pero el regalo era la oportunidad de definir lo que "ellos" habían sido, y en aquel día de luto, Agnes decidió creer en el amor.
¡Bienvenidos pasajeros! Mucho se ha debatido sobre el infame testamento de William Shakespeare, parco y técnico en extremo; usado comúnmente como argumento de una pobre vida marital. Puede que tengan razón, pero es cierto que era la costumbre de la época que la mejor cama fuera la de invitados, y la segunda mejor la del matrimonio. ¿El contexto encierra algún significado oculto que le de otra lectura a un trato tan pobre en las apariencias? No se puede estar seguro, pero a veces la vida se trata de elegir la versión que más nos llene.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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