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La última batalla

¡Bienvenidos pasajeros! Tras casi dos meses, hemos llegado al final de la aventura, y la que creo es la saga más larga que hemos cubierto completa hasta el día de hoy. Y también, por primera vez desde que iniciamos el viaje, el orden de publicación y el cronológico coinciden; pues se lea como se lea, es la última entrega de las crónicas.


Casi trescientos años han pasado desde la aventura de la silla de plata, y el protagonista vuelve a ser un narniano: Tirian, destinado a ser el último rey de Narnia. Cuando el reino enfrenta su mayor peligro: un taimado mono que controla a un impostor haciéndose pasar por Aslan, aliado con una tropa calormena, el soberano convoca a los amigos de Narnia venidos de otra tierra, y estos hacen un plan desesperado para enviar a los más jóvenes, Eustace y Jill, una última vez.


Pese a tener que cerrar tanto temática como narrativamente toda la saga, la novela es de hecho de las más cortas, con sólo dieciséis capítulos y por lo tanto tiene un ritmo muy acelerado, en cuartos muy bien definidos: el primer capítulo funciona como prólogo, introduciendo al mono Triquiñuela; la introducción del conflicto se extiende sólo por tres capítulos más antes de la llegada de los niños, y de ahí la “aventura” antes del inicio del clímax consta de únicamente otros cuatro. La titular última batalla, que inicia de forma ideológica antes de pasar a las armas, ocupa los siguientes cuatro y los últimos cuatro, que sirven a manera de epílogo, son quizá los capítulos más polémicos de toda la saga.


El último libro es, por mucho el más oscuro de toda la historia: retoma el tono más épico del caballo y el muchacho (con el mundo real solo apareciendo de forma muy breve) pero con una tensión incrementada; los momentos de humor son escasos (salvo en el epílogo, que recupera el tono alegre de los primeros libros) y la narración cuenta de forma explícita destrucción ambiental, esclavitud, genocidio y asesinato (incluso de niños); siendo el tono principal el de una tragedia inminente, y en muchos sentidos, inevitable; con algunas de las secuencias más crueles que Lewis jamás describió en los siete libros, y la aparición física de Tash, el dios de los calormenos y probablemente el monstruo más terrorífico de la historia (que sea la novela en la que Aslan tiene por mucho la participación más breve contribuye a la atmósfera desesperanzadora).


Casi todos los personajes del mundo real tienen una participación en este libro, aumentado la cohesión interna de la saga, pero paradójicamente es también el volumen en el que dichos protagonistas tienen menos que hacer: Jill es la que tiene el rol más activo, mostrando su lado más compasivo pero también valiente; del resto, sorprendentemente son Peter y Diggory los que dejan la impresión más grande pese a sus pocas escenas, y fue agradable que Lucy tomara foco otra vez en el último capítulo, una especie de retorno al inicio. Sin embargo, este libro pertenece a los personajes narnianos: Tirian, quien cumple a la perfección con el arquetipo del héroe legendario, pero permitiéndose momentos de profunda sensibilidad, es un protagonista al que es fácil seguir, pero está rodeado de un muy sólido elenco secundario (el unicornio, el centauro, el águila y el enano fiel, así como otros que permanecen anónimos pero no por eso son menos entrañables) que se consolidan como una especie de herederos de todas las criaturas heroicas que les precedieron y encarnan las mejores virtudes de aquel mundo. El único de entre ellos que creo yo no recibió el desarrollo suficiente fue el asno Puzzle, quien tenía potencial para ser una de las figuras más trágicas de la saga (una referencia tanto a una famosa fábula como a la bestia) pero se quedó corto. Como contraparte a los personajes heroicos, el trío de villanos es sensacional, y como nivel de amenaza quizá el más efectivo de los siete libros: el tarkaan Rishda es sin duda el antagonista más imponente en lo que a poder físico concierne, y me parece muy interesante que Lewis opte por asociar a su villano imperialista no con religiones extranjeras (como su origen calormeno parecería indicar), sino con el más cínico de los ateísmos. En cuanto a los otros dos villanos, el gato Pelirrojo es una excelente representación del político o el intelectual amoral, convenenciero e intrigante, mientras que el mono Triquiñuela es al personaje que más me ha cautivado en relecturas: aunque fue escrito como metáfora de un falso profeta, su caracterización mezquina y arrogante, pero en última estancia patética (bebiendo e insistiendo en llamarse a sí mismo un hombre) encaja a la perfección con los líderes que han creado un culto de personalidad alrededor de ellos, pero que en el fondo se encuentran vacíos.


Los dos mejores capítulos, paralelos uno del otro, son aquellas dos reuniones en la puerta del establo, ambas consolidándose como la escritura más madura de Lewis en Narnia: de la primera me sorprende la capacidad del autor de construir argumentos políticos, teológicos y filosóficos de forma ágil y accesible. La segunda secuencia expande sobre esos temas, pero también logra construir un misterio efectivo, de múltiples fases (¿qué hay al otro lado de la puerta?) resultando en el que, en mi opinión es el pasaje más tenso de las crónicas. El combate que sigue es tan visceral como la literatura infantil de la época podía permitirse, y recuerdo que la primera vez que lo leí hubo partes de la batalla que me pusieron extremadamente triste, pese al poco tiempo pasado con algunos de los personajes. En medio de este clímax, y aunque el autor recicla un punto de trama que ya había utilizado en el sobrino del mago, la historia de los enanos me pareció la subtrama mejor lograda (y la brevísima redención de uno de ellos, que apenas noté en mi última relectura, una de las evidencias más fuertes del profundo conocimiento que tenía Lewis de los fundamentos de la fe).


Bien; ha llegado el momento de discutir el final de la historia, y para eso tendré que contar algunos detalles significativos, si no han leído el libro sáltense este párrafo. A pesar de que de niño gravitaba a este volumen por los combates, los personajes secundarios y la madurez del estilo; poco a poco me comencé a alejar de él por una razón muy sencilla: es muy difícil para mí ver o leer historias del fin del mundo, sobre todo a partir de los once, que creo que tuve una mayor comprensión del concepto. Pese a que tras la destrucción de Narnia el tono de la novela se vuelve mucho más ligero, hay apariciones sorpresa de prácticamente todos los personajes heroicos de los siete libros y el autor hace todo lo posible por convencernos de que es un final feliz; pero a mí siempre me ha dejado muy mal sabor de boca el que todos los personajes mueran para cuando la última página llega a su fin. Entiendo el sentido de la narración, y hay cierta belleza en las descripciones, creo que funcionaría si las edades de los personajes fueran otras, pero para mí es extremadamente difícil ver una vida tan joven cortada de tajo como algo más que una absoluta tragedia.


Por última vez, cierro con el apartado religioso: pues es evidente la influencia del Apocalipsis en la composición (sobre todo el capítulo de literalmente “separar justos de pecadores”), pero también son constantes las referencias al Antiguo Testamento, sobre todo en lo que concierne a la idolatría. Los temas de fe hasta las últimas consecuencias están presentes, y es el libro más explícitamente religioso de todos, sobre todo en la recta final, aunque su descripción del paraíso también está fuertemente influenciada por las reflexiones de Platón sobre el mundo de las ideas y el mito de la caverna. Dos elementos más quiero comentar en esta conclusión antes de despedirme de Narnia: el primero es el tema de Susan, pues creo que es uno más complejo de lo que aparenta. Por un lado, creo que la manera en la que está redactada su única mención en la trama es muy pobre, sobre todo en la explicación que dan los otros personajes femeninos de su ausencia; pero no me parece sexista de una manera definitiva como muchos de sus críticos argumentan (es más una crítica a la superficialidad que a la sexualidad, aunque entiendo esa lectura), y en todo caso el fallo de Lewis fue no continuar con aquella historia, pues Susan es el personaje que más se parece a él, alejándose de la fe sólo para redescubrirla en su edad adulta (no creo que Narnia esté vedada para siempre para el personaje). El otro punto de trama del que quiero hablar, y que me parece el concepto más revolucionario de un autor muy conservador, es sobre el calormeno Emmett, pues su aceptación en el reino de Aslan refleja una idea que yo siempre he tenido sobre la salvación: importan mucho mas las buenas acciones, hacer servicios que complazcan a Dios aunque no se sigan sus ritos, que una profesión externa, y en muchos sentidos performática, de la religión.




  • Título original: The Last Battle

  • Autor: CS Lewis

  • Año de publicación: 1956




Hasta el próximo encuentro…


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