Las dos estatuas
- raulgr98
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En algún lugar de la India
No importa que tan atrás remonte su memoria, desde que obtuvo consciencia de sí mismo, el muchacho siempre tuvo un miedo terrible de entrar al templo de su abuelo. Creía en los dioses, podía recitar pasajes enteros de los libros sagrados, seguía todos los preceptos. A ninguno menospreciaba, y no le incomodaba pronunciar sus nombres, ni siquiera el de ella; pero en aquel templo había algo que helaba su sangre. Dentro moraban las estatuas, y uno de los rostros, era más terrible que la misma muerte.
Pero cada salida del sol lo acercaba más al día en que se convertiría en adulto, y sabía que no encontraría la paz si abandonaba aquella casa sin antes confrontar sus pesadillas. Así que aquel mediodía, antes de que el escaso coraje que pudo acumular lo abandonara por completo, tomó aire y abrió las viejas puertas talladas, adentrándose en el recinto sin ventanas, apenas iluminado por velas. Murmurando breves oraciones para no ofenderlos, pasó de largo de Brahma y de Vishnú, de Shiva y de Parvati, de Ganesh y Hamuman; pues las estatuas a quienes debía confrontar se encontraban en el fondo del recinto, una al lado de la otra.
Si alguien las viera sólo de reojo, podría confundirlas por el mismo ser: ambas eran mujeres de muchos brazos, vestidas de rojo y azul. Ambas sostenían afilados sables y portaban coronas de rubíes. Ambas se erguían orgullosas sobre un enemigo vencido: una bestia con cabeza de búfalo en el caso de la primera, un gigante decapitado la segunda. A una la acompañaba el león que monta en la batalla, a la otra la serpiente que le susurra consejos. Pero mientras la jinete de león tiene la piel de un resplandor dorado, y su rostro refleja una maternal sabiduría, la asesina de gigantes, de piel oscura e inhumana, sonríe con locura y los ojos desorbitados, con sangre goteando de sus labios.
— ¿Por qué? —pregunta el joven, sin esperar oír una respuesta, pero el anciano lleva días esperando aquella visita, y está listo para contarle una historia a su nieto.
— ¿Por qué las veneramos juntas si son tan distintas? A veces los opuestos tienen más en común de lo que cualquiera imagina.
—No, esa parte la entiendo. Una es caos y la otra orden, pero ambas son diosas guerreras. Mi duda es, si Durga es la poderosa, la protectora, la invencible; la que destruye en combate a las fuerzas que amenazan la paz. ¿para qué necesitamos a Kali? ¿Por qué la adoramos cómo si nos amara, en lugar de sólo temerle desde la distancia? ¿Qué protección podemos esperar de la señora de la muerte y la destrucción?
—Juzgas a Kali porque ves su rostro y en él sólo ves reflejado el mal; pero nunca has considerado si acaso ella quería que sus labios permanezcan rojos hasta el fin de los tiempos. No es una vista agradable, lo sé, pero Kali, por cruel y vengativa que pueda parecer, también es la madre del universo, aquella que reside en las tinieblas por que sólo ahí puede dar cacería a quienes amenazan a sus hijos. La tarea que se impuso muchas eras atrás, durante la rebelión de los asuras, no es grata, pero sin ella, el mundo no sería el que es hoy, yo no estaría para contarte esta historia ni tu para escucharla.
Y así, el anciano le contó la historia de como Kali probó la sangre.
Recuerda tus enseñanzas, muchacho. No todos los asuras son de corazón malvado, pero necesitan de la guerra para subsistir, y muchos de entre ellos, incluyendo a los más poderosos, anhelan devorar carne humana. Cuando se revelaron contra los devas y el resto de los habitantes del cielo, en su afán de conquistar los tres mundos arrasaron con reinos enteros y no había mortal que les pudiera hacer frente. Llegó a tal extremo su arrogancia, que Shumbha y Nishumbha, los líderes entre ellos, incluso se atrevieron a raptar a la bella Parvati, pues no había cosa en la Creación sobre la que no creyeran tener derecho.
Pues los asuras son fieros e imponentes, pero también son astutos, y al principio de todo, Shumbha y su hermano engañaron a Shiva para que les otorgara una bendición: mientras ellos dirigieran un ejército, ningún guerrero de los suyos podría ser abatido por hombre alguno, fuera este divino o mortal. Y es por eso que los ejércitos de los cielos no se desplegaron contra las hordas, pues sabían, con gran dolor en sus corazones, que estarían condenados a la derrota. Pero no podían permanecer indolentes a las penurias del mundo de abajo, y fue entonces que Shiva encontró la solución a su error de antaño.
Así fue que todos los dioses, uno por uno, renunciaron a sus espadas, sus lanzas y sus arcos, sus escudos y armaduras; y Brahma mismo colocó un tridente en las manos de Durga, la gran madre, quien apenas tenía suficientes brazos para cada tipo de arma. Sobre su leal montura, Durga marchó al combate por primera vez, y no lo hizo sola, pues sus ocho doncellas, las valientes Matrikas, se armaron también para la guerra.
Aquel día el Ganges se tiñó de rojo, pues las nueve guerreras causaron estragos entre los violentos rebeldes, Durga en persona acabó con los dos hermanos; y poco a poco cayeron los demás, el taimado Sugriva, el poderoso Chanda y el cruel Munda, hasta que sólo uno quedó. Creyendo la victoria cerca, Durga atravesó al único asura aún en pie con un sable, y por primera y última vez en su existencia, se atrevió a sonreír con soberbia.
Grande es la gloria de nuestra madre Durga, y mucho lo que le debemos a su coraje, pero la victoria no fue suya aquel día, y cerca estuvo de precipitar la destrucción de los tres mundos. Pues lo que la diosa no sabía es que Raktabija, el último de los asura, también había participado en el engaño a Shiva, pero la bendición que recibió había sido otra, la que su esencia subsistiera en cada gota de su sangre. Así, una por una, de cada una de las gotas de sangre que salpicaron el suelo nació otro Raktabija, más grande y temible que el anterior. Durga y las Matrikas muy tarde se dieron cuenta del error, pues ante la incredulidad de ver a su enemigo aún de pie le provocaron doce heridas más, y pronto de un sólo ser se había restituido por completo el ejército rebelde.
Oh, muchacho, el mundo habría terminado aquel día, de no ser por la más grande de entre las Matrikas; la única a la que la gran madre respetaba como a una igual, la única de entre las doncellas guerreras para comprender la naturaleza de la magia de su enemigo, incluso antes que la propia diosa. Arrodillada ante Durga, le dijo:
"Perdóname, señora, pues mi espada no puede abatir a este rival; pero encontré otra manera de servirla. Confío en que tú y mis hermanas den golpes certeros, pero sólo ataquen a uno de estos monstruos a la vez. Yo estaré siempre cerca, y beberé hasta la última gota de sangre de cada uno de ellos antes de que pueda tocar el suelo".
Durga quería protestar, pues sabía que para una diosa beber la sangre de un asura puede ser peligroso, pues es aceptar la oscuridad dentro de una. Sabía que su seguidora era fuerte, y quizá podría conservar suficiente cordura para permanecer en los cielos, pero si comenzaba a beber, desarrollaría una sed de sangre y muerte que nunca se saciaría. Pero ambas sabían que sólo así ganarían.
Por eso hoy sólo adoramos a siete matrikas en el cortejo de la diosa, pues la mayor de entre ellas sacrificó la compañía eterna por la salvación del mundo. Raktabija fue derrotado, pero su oscuridad tiñó para siempre la piel de la guerrera, quien nunca podrá limpiarse del todo la sangre que bebió en el último combate. Ya no hay quien recuerde el nombre original de aquella doncella, pues desde aquel día sólo es conocida como Kali, aquella que gobierna el tiempo negro. Y por eso, la próxima vez que contemples su rostro, no la mires con horror sino con gratitud, pues hoy sólo existe la vida porque aceptó convertirse en la muerte.
¡Bienvenidos pasajeros! Seguimos geográficamente en la India, pero nos remontamos a los días antes del Islam. El origen de esta publicación radica en una conversación con mis padres la semana pasada, sobre un superhéroe de su infancia, Kaliman; nombre que me sorprendió pues en la cultura Occidental, desde Verne hasta Indiana Jones, la diosa ha sido asociada con la destrucción y la maldad absoluta. ¿Por qué en aquellas lejanas tierras se venera a una criatura que nuestra propia cultura ha convertido en temible, incluso repulsiva? Toda manifestación cumple una función, y espero que este breve relato sirva como un grano de arena para restituir la reputación de una diosa quizá juzgada con demasiada dureza, y comprobación que el mundo es mucho más complejo de lo que las perspectivas populares puedan sugerir.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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