Las lágrimas del mudo
- raulgr98
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Esqueria, diez años después de la caída de Troya
Muchos regalos traía el mar a Nausica, bisnieta de Poseidón. Algunos bellos, otros temibles, pero ninguno tan cautivador como el hombre desnudo. Era cierto que la princesa de los feacios no tenía intención de bañarse en el Egeo aquella mañana, pero todo había cambiado la noche anterior, durante su sueño.
Pues la doncella en sueños se había visto ante las doradas puertas del palacio de su padre, el de las paredes de bronce y umbrales de plata. Y ante ella, tan hermosa como terrible, se alzaba una mujer portando lanza, yelmo y armadura, y un escudo con una efigie tan terrible que no se atrevió a mirarla sino por un instante.
—Mi señora Atenea —dijo a la vez que se arrodillaba.
—Las leyes de Zeus me impiden ordenarte nada, princesa; y no puedo ofrecer más recompensa que mi bendición para un buen matrimonio, No te mentiré, es posible que te ganes la ira de un dios si escuchas mis palabras, pero si vas mañana a bañarte a la costa, traerás justicia y paz a más de un alma mortal.
Nausica despertó antes de poder contestar a la diosa, y sabía en su corazón que ningún juramento la ataba a obedecerla. Que, quizá por primera vez desde que el mundo era mundo, un mortal podía desoír sin represalia a un dios, Pero aun así, la princesa convocó a sus criadas y caminó hasta la playa, pues los feacios eran famosos por prestar auxilio a quien lo pidiera, y la hija del rey no podía quedarse atrás.
El día no parecía diferente a ningún otro, y tras cerciorarse que no hubiera navíos en el horizonte, ni hombres alrededor; la princesa dedicó una plegaria a Atenea y otra a Artemisa, patrona de las doncellas, antes de comenzar a bañarse. Aunque sólo era una más entre una decena de mujeres, todas tan desnudas como ella, había algo en la suavidad de su piel, la perfección de su forma y el brillo en la mirada que hacía imposible que se confundiera con una plebeya. Quizá por eso cuando el extraño, que parecía haber pasado la noche dormido entre las rocas, se levantó a unos metros del grupo, no miro sino a ella, con ojos penetrantes pero confundidos.
Las criadas huyeron despavoridas hacia el palacio, apenas tomando un momento para enredarse en sus ropas; y aunque Nausica también cubrió su desnudez, no corrió; pues el extraño le despertaba más curiosidad que miedo. El hombre no tenía para cubrirse más que un puñado de algas, y la princesa lo recorrió de principio a fin, tratando de descubrir la historia detrás de sus cicatrices: aunque era obvio que el forastero llevaba varios días sin probar bocado, los hombros definidos y los callos en las manos revelaban que antaño había sido un fuerte guerrero, su larga barba, moteada de gris, estaba más enredada que la de un pordiosero, pero había algo en su rostro que a la princesa le inspiraba confianza. Sabía que era imposible que un náufrago solitario fuera uno de los grandes hombres de las gestas, pero había algo en aquel extraño que transpiraba nobleza, quizá incluso regalidad.
Nausica le preguntó su nombre, pero el extraño no contestó. Después preguntó de donde venía, y tampoco halló respuesta. En el gesto del náufrago veía que entendía sus interrogantes, pero algo le impedía contestarle como esperaba. Incluso cuando preguntó si podía hacer algo por él, el forastero se negó a hablar, pero le tomo la mano con delicadeza y se arrodilló, los ojos confundidos, pero suplicantes.
Así que la princesa lo ayudó a levantarse, conmovida, y lo guio a palacio, contándole historias de la isla mientras caminaban. Cuando las puertas doradas podían vislumbrarse ya, se atrevió incluso a darle un consejo.
—Mi padre Alcínoo es un rey justo y sabio, pero tiene poca paciencia para aquellos que no le dicen su nombre. No te juzgo por guardar tus secretos, pues creo que ni tú mismo sabes quien eres; pero si quieres ser recibido, el rey no es tu mejor opción. Es en la reina Areté en quien debes depositar tus esperanzas.
Durante la siguiente hora, la princesa se preguntó si acaso el misterioso desnudo la había entendido, pero en cuanto fueron conducidos al salón del trono, el náufrago se arrojó al piso, y aún sin pronunciar palabra, se abrazó a las piernas de la reina. Areté no dijo nada, pero miró a su esposo y esbozó la sombra de una sonrisa. El rey no necesitó más, pues asintió y puso su mano sobre el hombro del extraño.
—Yo, Alcínoo, te extiendo la hospitalidad de los feacios. ¡Este hombre es mi invitado! ¡Llévenlo a una de mis habitaciones, báñenlo y vístanlo!
El náufrago extendió las manos hacia el cielo, agradeciendo al rey, pero ni siquiera ahí dijo nada. Cuando sirvieron la comida, tampoco se sumó a la mesa, y eso le dio a la familia real y sus nobles, rodeado de la música de los trovadores, la oportunidad para discutir sobre aquel misterio. Algunos dijeron que debía tratarse de algún pirata; otros, que era un fugitivo, alguien incluso insinuó que era un noble troyano rumbo al exilio. Fue entonces que ,la princesa dio su propia versión:
—Yo creo que no nos dice quien es y cómo se llama, porque ni siquiera él lo sabe.
—La princesa habla con razón —dijo uno de los trovadores más jóvenes, uno al que Nausica habría jurado que nunca antes había visto— y es digno de compasión, pues no hay más desafortunado que aquel sin memoria, pues es una pérdida mayor que la de la vida. Bienaventurados son aquellos que auxilian al desamparado, pero sólo lograrán ayudarlo si él solo recuerda su nombre y el del lugar de dónde viene.
Entonces el trovador desapareció en un halo de luz, pero sólo por un instante, la princesa creyó ver a una mujer de armadura donde antes estaba el joven.
—No debe importarnos quien es, al menos por el momento —decretó el rey para poner fin a la conversación— pues lo trataremos como a cualquier otro de nuestros invitados. Podremos no conocer su nombre, pero aún así mañana celebraremos un banquete y grandes juegos en su honor.
Nausica no vio al forastero hasta la noche siguiente, cuando fue conducido a la sala de banquetes, y por poco no lo reconoce. Con la barba recortada, y engalanado con finas prendas y perfumes, la princesa se preguntó si acaso la diosa había intervenido para embellecerlo aún más, pues aquella noche parecía que había dos reyes a la masa. Y aunque sabía que aquel hombre era demasiado viejo para ella, y no le despertaba pasión, sino curiosidad y respeto; recordó la bendición de Atenea, y se sorprendió descubriendo que siempre imaginó como esposo a un hombre así.
El hombre comía demostrando los más elevados modales, pero se resistía a hablar. Quizá creyendo que la música lo inspiraría, el rey convocó a los trovadores y ordenó que contaran las gestas de los aqueos en la lejana Ilión, que había caído tantos años atrás. El forastero siguió sin hablar, pero se cubrió el rostro con el mantel, y la princesa, sentada junto a él, alcanzó a notar que lloraba.
El rey también notó la tristeza de su invitado, pero no supo discernir su origen. Sin embargo, era un buen anfitrión y ordenó que dieran inicio los juegos de lucha, salto y carrera; y aunque el forastero negó con el gesto, le insistió hasta que accedió a acompañarlos al ágora, y participar en al menos uno de los eventos.
Y el evento que el extraño eligió fue el lanzamiento de disco. Ante la atónita mirada de los presentes, tomó el más pesado de los que le ofrecieron y con total seguridad, lo lanzó con tal fuerza que se perdió en el mar. Sólo entonces se disiparon las dudas de toda la corte, convencidos que aquel forastero era un noble o un héroe.
Caminaron entonces al salón del trono, y proclamó el rey:
—Has sido un invitado agradecido y prudente; pero creo que en algo he fallado como anfitrión, pues no he conseguido hacerte hablar. Creo que tu espíritu está inquieto, entonces déjame ofrecerte otro regalo. Demódoco, el que tiene la voz más bella de entre los que me sirven, dedicará a ti la última canción de la velada.
Y el cantante tomó su lira, y habló de la caída de los últimos días de Troya; del invencible Aquiles y el valiente Héctor, y de cómo el más astuto de los reyes había logrado tomar la ciudad, no por las armas sino por la astucia, mandando construir una trampa en forma de caballo para cruzar los muros de la ciudad.
Y de nuevo, el forastero comenzó a llorar, pero esta vez no intentó ocultar su rostro, sino que permitió que todos fueran testigos de su pesar; y la princesa vio en su mirada no sólo dolor sino, por primera vez, reconocimiento.
La doncella hizo un gesto casi imperceptible a su padre, y el rey Alcínoo ordenó que se detuviera la música. Mirando fijo a su invitado, dijo con voz severa.
— Las naves de mi reino no necesitan pilotos, ni timones; pero sí saber a quien transportan y a dónde se dirigen. Te preguntaré por última vez invitado mío: ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Por qué lloras al oír de Troya?
Sin secarse las lágrimas de los ojos, el forastero abrió la boca, pero antes de que pronunciara palabra, Nausica lo tomó del brazo y susurró:
—Sólo una cosa te pide aquella que te rescató cuando estabas solo y desnudo. Que, noble huésped, si logras regresar a tu patria, te acuerdes de mí.
El hombre asintió una vez, muy despacio, y se puso de pie. Aún llorando, dijo:
—Vengo de la espléndida y frondosa Ítaca, que en un día sin niebla se podría ver a la distancia; y lloro porque salgo en las historias que tu noble cantante a contado, aunque no las conoce completas. Pues yo soy Odiseo, hijo de Laertes, famoso entre los hombres por mi astucia, y en gratitud a la hospitalidad sin engaños, que no he conocido en más de diez años, les contaré el relato de mis desgracias...
¡Bienvenidos pasajeros! Este pasaje, que resume los cantos VI, VII y VIII de la Odisea, contiene uno de mis elementos temáticos favoritos, que es el poder de la música para regresar la memoria al héroe; y aunque sé que muchos de ustedes quieren leer ya la travesía, consideré importante honrar el espíritu de la obra original de ser una obra dentro de otra. Adelantándome al final, es claro que la princesa Nausica causó una gran impresión en Odiseo, pues fue la única de las mujeres con las que se cruzó en su viaje de la que no puedo hablarle a Penélope a su regreso. Aún así, según una versión del mito, la que a mí más me gusta creer, un par de años después el héroe cumplió su promesa, y regresó a Esqueria para entregarle a la princesa que lo salvó la mano de Telémaco, su hijo y heredero.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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