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Perdón y esperanza

Tres años después, en algún puerto de Egipto.


El rey de Esparta aún no se acostumbraba a tener a su esposa de nuevo a su lado, tal vez porque la sentía más lejana que nunca. Durante diez años pensó en lo que le diría cuando la viera de nuevo, si la repudiaría una vez recuperado el amor perdido, si la asesinaria como le permitían las reglas del deber, o si acaso podría recuperar la felicidad perdida. En cuanto contemplo sus largos cabellos, su forma sinuosa y sobre todo sus ojos astutos, supo que nunca sería capaz de reclamarle nada, pero tampoco podía hacer más que rozar su mano, pues los aqueos son buenos para muchas cosas, mas perdonar no era una de ellas.


Con el salvaje Nilo a su espalda, contemplaba el mar, que parecía tan apacible aquella mañana, pero no eran sino falsas promesas, cómo lo habían sido cuando salieron de Troya, y cuando atracaron en Creta arrastrados por los vientos. Su hogar estaba tan cerca, y a la vez tan lejos, pues aunque el cielo fuera claro y el sol brillante, en cuanto se hiciera a la mar se desencadenaría la tormenta, y el espartano no estaba seguro que los pocos que le quedaban pudieran sobrevivir a otra tempestad.


—Deberías hablar con la princesa. —Era apenas la tercera vez que le hablaba, en dos años de viaje y exilio.


— ¿Qué consejo me puede dar una mujer, cuando enfrento a la voluntad de los dioses?


Se arrepintió en cuanto lo dijo, pues aquel insulto estaba por debajo de él, y hablaba el orgullo herido, y el dolor de las pérdidas, más que una creencia de verdad. Ella podría haberse ofendido, hablarle de las virtudes del príncipe troyano, quien sin duda jamás dijo cosa semejante, pero ella se limitó a suspirar.


—Entiendo tu rencor, Menelao; pero cuando te elegí fue porque me pareciste no sólo noble, sino inteligente. ¿Acaso en los diez años que nos dimos de matrimonio no me terminaste de conocer? Repúdiame si quieres, pero no me niegues inteligencia. Cuando esta belleza maldita se disipe, será lo único que me quede.


“Quedaré yo”, hubiera querido contestar, pero no estaba seguro que fuera cierto. Los muertos a las puertas de Illión, centenares de viejos rivales, que el tiempo había convertido en amigos ¿podría permanecer al lado de ella, cuando su mera presencia era un recordatorio de lo perdido por recuperarla?


—No Helena. Si de algo no he dudado en tantos años, es de tu astucia. Estaba dentro del caballo ¿lo sabías? Te escuché decir mi nombre, y el de Diomedes, y Filoctetes, y Neoptólemo; y el de todos los demás. ¿Cómo supiste que era una treta? Pocos más lo intuyeron.


—Nunca fuiste muy dado a los sacrificios, y tampoco muchos de tus amigos. ¿Un caballo a Poseidón, pidiendo solo por una retirada veloz y no la victoria que anhelaban? Casandra también lo sabía, otra mujer como con la que ahora te niegas a hablar. Lo único que me sorprende es que ninguno me respondiera, pensé que añoraban a sus esposas tanto como tú.


—Y lo hacían, pero fue Odiseo quien nos indicó a todos con gestos que calláramos. Y aún así, Anticlo casi lo arruina todo, tuvo que silenciarlo con sus propias manos.


—Odiseo. Nunca conocí rey más astuto. ¿Te dijo alguna vez que cuando entró a Troya disfrazado de mendigo, yo lo reconocí? Sí, lo lavé y lo ungí, y lo ayudé a regresar al campamento con los secretos que había descubierto. Me alegró que no muriera como tantos otros. Penélope es prima mía, y supe que estaba encinta antes de…


—Fue un varón sano, Telémaco. Nació antes de que zarpáramos —la interrumpió Menelao, pues no deseaba escuchar de los días antes de Troya, antes de la visita del príncipe. Pero su corazón se atormentaba con la curiosidad de por qué Helena había ayudado a Odiseo en aquella ocasión. Quizá él tampoco encontró mucho la respuesta, y por eso nunca le contó el incidente. Si ella había ayudado a un griego ¿había una posibilidad para ellos? No, no podía pensar en eso, decidió. Y sólo había una manera de distraerse:


—Está bien. Hablaré con la princesa.


Pocas horas después, a punto de dar el mediodía, el rey de Esparta se encontraba en la playa, viendo a las focas salir del mar para tomar el sol entre las rocas. Tres cosas le había dicho la doncella:


“Mi padre, el viejo del mar, sabe muchas cosas. Nunca ofrece de buena gana su consejo, pero él podrá decirte cómo aplacar la ira de los dioses”.


“Lo encontrarás en la playa al mediodía. Parecerá una foca, pero el olor te revelará su verdadera naturaleza”.


“Haga lo que haga, no lo sueltes”.


Así, Menelao caminó entre la arena, intuyendo que el combate que libraría sería arduo, pero con un poco de fortuna, también el último. Todas aquellas criaturas apestaban a salitre y pescado muerto; pero cuando comenzaba a considerar rendirse, una bestia gris se giró con los ojos cerrados, tan olorosa como la demás, pero de un modo distinto: su aliento contenía también brisa marina, y algo más antiguo, poderoso.


La foca se resistió en cuanto el rey se lanzó sobre ella, y aunque su cola golpeaba con fuerza, y la grasa amenazaba con lograr que se escapara, Menelao la logró dominar contra las rocas. Se retorció y se retorció, y aún así Menelao se aferró a él.


Entonces se convirtió león, y el rey tuvo que cerrar sus brazos contra su cuello. Lo arañó una y otra vez con sus terribles garras, y aún así Menelao se aferró a él.


Entonces se convirtió en serpiente, y por poco logró escurrirse entre la arena antes de que el rey cerrara el agarre. La presa se enroscó en él, y comenzó a quitarle el aliento, y aún así Menelao se aferró a él.


Entonces se convirtió en leopardo, y arrastró al rey por toda la playa, tratando de quitárselo de encima. Corrió y corrió, hasta que el sudor casi lo deja ciego, y aún así Menelao se aferró a él.


Y así siguieron, hasta casi el ocaso; y fuera un jabalí, un árbol o un toro, pese a recibir incontables heridas, Menelao se negó a soltar.


Entonces se convirtió en agua misma, tan ágil como fluida, y el rey supo que si lograba siquiera tocar el mar, lo perdería para siempre. Así que tomó el torrente de agua por donde antes estaba el cuello de aquel ser, y lo arrastró hasta las rocas más alejadas de la orilla. Sólo entonces, la presa se convirtió en hombre.


—¿Cómo te atreves a atacar al poderoso Proteo, aquel que sabe la voluntad de las Moiras?


—Por eso te he buscado. Los dioses me han castigado, y deseo retornar a mi hogar. Sólo tú puedes decirme cómo reparar la que haya sido mi falta.


— ¿Y mé necesitabas para saber eso? —le contestó con una risa seca. —Atenea y Poseidón apoyaron a tu causa, y ustedes profanaron sus santuarios.


—Yo no fui. Fue Áyax.


—Pero tú lo permitiste, rey de Esparta. Sólo Néstor se opuso, y por eso fue el único que regresó sin problema a casa. Otros dos ya regresaron también, pero algunos nunca lo harán, como tu amigo Áyax, a quien Poseidón en persona clavó en una roca con su tridente, pues era el peor de entre ustedes. ¿Te sorprende que lo sepa? Los dioses me susurran historias, héroe ¿quieres que te cuente alguna?


Y Menelao sabía que era una treta más de aquel ser para escaparse, pero no pudo ocultar sus sentimientos por la persona a quien más tiempo llevaba de conocer, su amigo, su aliado, su hermano. Habían discutido antes de zarpar de Troya, y la reconciliación era una de sus prioridades al retorno.


—Agamenón…—exhaló en algo menos de un susurro antes de poner contenerse.


—Sí, tu hermano regresó a Micenas sin contratiempos, pero solo porque los dioses sabían lo que le esperaba. Parece ser que la infidelidad de Helena es familiar, pues al poderoso aqueo lo esperaban su reina y su amante, para asesinarlo a sangre fría. ¡Salgas o no salgas de aquí, nunca volverás e escuchar su voz!


El agarre de Menelao se debilitó, llenó de dolor por la muerte de su hermano, pero la pena fue reemplazada por ira, pues aquel monstruo había insultado el nombre de su esposa, y recuperó su fuerza aplicada contra el cuello de Proteo.


—Está bien. Está bien —dijo con voz entrecortada— una profecía y una historia secreta, a cambio de que me sueltes.


—Primero la profecía. ¿Cómo he de volver a casa?


—Tu crimen será perdonado. Sacrifica un toro a Poseidón, y otro más a Atenea, pues uno envió la tempestad, y la otra enfrió el corazón de los cretenses que te negaron auxilio. Si oyes cantar una gaviota antes de que pase una hora de la ofrenda, sabrás que puedes regresar sin más percances. Ahora, sé que otras cosas te atormentan, y si, puedo contarte un secreto de cada uno de tus compañeros ¿a quién elegirás?


Menelao solo tuvo que pensarlo un instante, pues aunque quería a muchos de sus compañeros de armas, sólo por uno Helena había mostrado admiración.


— ¿Dónde está Odiseo?


—En Ogigia, prisionero de la ninfa Calipso. Y ahí permanecerá hasta que su hijo se haga hombre, y vaya a tu reino a preguntar por él. Helena lo reconocerá en cuanto lo vea, y tú lo has de agasajar, pues de él dependerá la redención del padre.


Sólo entonces, Menelao soltó a Proteo, quien lo miró con una extraña mezcla de rencor y simpatía. Quizá por eso, por primera y última vez, ofreció un consejo sin haber sido obligado:


—En Troya, rey de Esparta, se demostró que es voluntad de los dioses que el deber vale más que el amor. Pero así como a ti se te perdonan las ofensas, si deseas ganarte los Campos Elíseos, debes aprender a dejar atrás el rencor, o tu victoria quedará vacía por siempre.


Ya era noche cuando Menelao regresó al palacio egipcio, y tras ordenar que se buscara a los dos toros más hermosos, vio a Helena contemplando el mar desde un balcón. Sin girarse para mirarlo, le dijo:


—Paris era dulce y generoso; pero yo no lo elegí. ¿Lo sabes, verdad? Ódiame por traicionarte, pero recuerda que fuiste mi única decisión, fue Afrodita la que me hizo amarlo a él.


Entonces Menelao, héroe de los aqueos, sin más testigos que el mar y las estrellas, realizó el acto más valiente, el más difícil, pues sí pudo vencer en lucha al agua misma, quizá se podía lograr lo que creía imposible. Antes de contestar, tomó la mano de su esposa como no lo hacía en trece años.


—En Troya hubo demasiados finales. Que sea la oportunidad para al menos un comienzo.






Esa fue la historia que, ocho años después, Menelao y Helena de Esparta contaron al joven Telémaco y el viejo Mentor; y cuando el príncipe de Ítaca la llevó de regreso a su hogar, la esperanza renació del regreso renació, y aunque pocos lo creyeron, fue suficiente para que dos dioses pudieran negociar un rescate.

¡Bienvenidos pasajeros! Lo siento por retardar un poco más la historia que esperan, les prometo que la próxima semana conocerán ya a Odiseo, pero si los primeros cantos del poema son sobre Telémaco, me pareció justo adaptar al menos uno de los pasajes de los que fue protagonista, aunque desde otro punto de vista.




Hasta el próximo encuentro…


Navegante del Clío






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