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Los bailarines

hace 2 días
4 min de lectura

¡Bienvenidos pasajeros! Esta mañana la publicación sale un poco antes, pues tengo un proyecto del que espero avisarles pronto; pero no crean que me he olvidado de la aventura que comenzamos la semana pasada. Este martes, continuamos con nuestra trilogía informal de Sherlock Holmes, ahora con una historia considerablemente más oscura, pero que fue el primero de los relatos del detective que leí en su forma original (no adaptaciones infantiles), en una clase de secundaria.


El relato en cuestión sería el veintisiete de los setenta, publicado en la tercera antología ("El regreso de Sherlock Holmes") y por lo tanto, ubicado en la etapa posterior al intento del autor por asesinar al personaje, y verse presionado para resucitarlo por la demanda popular; pero pese a ser publicado en 1903, los expertos en el canon lo han colocado en 1898 (al año siguiente del jubileo de diamante de la reina Victoria), aunque dicho contexto no juega un rol predominante en la historia. En esta historia, de naturaleza más oscura que el relato de la semana pasada, el cliente de Holmes es un terrateniente casado hace poco con una norteamericana, y la razón por la que recurre a los servicios del detective es porque su mujer ha entrado en una profunda crisis nerviosa, y la única pista son una serie de muñecos de palito dibujados en papeles o el alfeizar de la ventana; escondiéndose una verdad siniestra detrás de aparentes garabatos infantiles.


No me detendré de nuevo en la estructura del cuento, pues sigue a grandes rasgos la fórmula clásica de una historia de Holmes; sólo me limitaré a señalar dos aspectos que me parecieron interesantes: el primero es la relativa ausencia de descripción (más allá de los titulares danzantes), pues casi toda la trama es movida por la acción o el diálogo, con la mayor parte de la información sobre los lugares proporcionada al momento de la explicación de Holmes. El otro aspecto a resaltar es una paradoja de ritmo muy bien lograda: al necesitar el detective más de una colección de figuras para resolver el caso, la trama se extiende por varias semanas, en las que protagonista y narrador interactúan menos que en la mayoría de los relatos, pues Holmes está concentrado en descifrar en silencio el código; pero eso no impide que, una vez que encuentra la respuesta, la segunda mitad del relato se vuelve uno de los más trepidantes de Conan Doyle, una carrera contrarreloj en la que el escritor mantiene la tensión y empuje narrativo pese a que los personajes no logran llegar antes de que se cometa el temido crimen, pues incluso entonces quedan varios enigmas por resolver.


Las ilustraciones de Sidney Paget, que acompañaron las publicaciones originales en prensa de los relatos y que se conservan en la mayoría de las ediciones siempre han sido un recurso estético icónico del canon de Holmes, pero este cuento resalta sobre los demás porque aquellos dibujos no son los únicos presentes en el relato, sino que las secuencias de danzantes, cinco diferentes, son replicadas dentro del cuerpo del texto en lugar de sólo ser mencionadas, y sobre todo a principios del siglo XX, era inusual que una narrativa convirtiera un elemento pictórico en parte clave de la historia; una oportunidad que proporciona el autor al lector de intentar resolver el misterio en condiciones justas.


Aunque sin duda el secreto que esconden los danzantes es la principal interrogante del relato, no es el único, y el misterio que rodea el trasfondo de la mujer del cliente es un buen ejemplo, pues sirve al mismo tiempo de subtrama, pista y engañoso distractor. En ese mismo sentido, aunque ninguna de las dos tiene relación directa con el patrón dibujado, uno de los aspectos que más resalto del relato es que incluye dos de mis secuencias favoritas de deducción de Holmes: la primera es la clásica conversación con Watson, iniciando el cuento con un toque humorístico, explicando la cadena que llevó a una conclusión aparentemente inexplicable; y la segunda un excelente desglose de una escena del crimen, con la admiración de un entusiasta inspector de policía.


La otra gran virtud de este relato en particular es un buen trabajo de caracterización de los personajes secundarios: el entusiasmo del inspector de policía lo vuelve agradable de leer y el culpable detrás de los dibujos deja una buena impresión pese a tener sólo una escena, donde deja a relucir más capas de las esperadas; sin embargo, el mejor trabajo es el realizado con el matrimonio foco de la historia: que ella logre tener una personalidad compleja y cierto carisma pese a nunca intercambiar una sola palabra con Holmes o Watson es impresionante; mientras que él, aunque un caballero anticuado, es honorable, y no hay mejor prueba que el detonante de la trama sea su negativa a violar la promesa a su mujer de no cuestionarla sobre su pasado; con la investigación partiendo no de celos sino de genuina preocupación. Eso vuelve el punto de inflexión aún más trágico, y lo que cataloga como oscuro el relato (perdonen el spoiler, no revelaré ningún otro secreto de la historia), pues este es uno de sólo dos casos de Holmes donde el cliente no llega vivo al final de la trama.


Buscando opiniones sobre el cuento, leí a muchos afirmar que el código cifrado en las figuras es demasiado simple (tanto así que el traductor de mi edición, en una excelente nota al pie escrita como si Watson y Holmes fueran reales, en la que se cura en salud ante posibles errores al conjeturar que el doctor cambió por motivos de seguridad el código original por uno más sencillo), pero creo que tiene el nivel de complejidad adecuado para enganchar al lector, de forma que detalles perduren (por ejemplo, yo nunca he olvidado que la letra "e" es la más común tanto en inglés como en español, algo que leí por primera vez en este cuento), y quizá me siento ofendido ante tal afirmación, pues aunque no siempre llego a la respuesta correcta, por lo general tengo deducciones que se acercan bastante, y este es el relato que me dejó totalmente en blanco, pues ni siquiera en relecturas puedo descifrar por mí mismo el código. Que el primer relato de Holmes que leí fue uno que expusiera mis dificultades para comprender lenguajes visuales, y aún así me pusiera en un camino de leerlos todos; dice mucho del impacto que sigue teniendo este género en mí.


  • Título original: The Dancing Men

  • Autor: Arthur Conan Doyle

  • Año de publicación: 1903




Hasta el próximo encuentro...


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