Markheim
- raulgr98
- hace 2 minutos
- 6 min de lectura
¡Bienvenidos pasajeros! Cuando era niño, mi escritor favorito era Robert Louis Stevenson: fue el primero cuyo nombre aprendí, el primero de los clásicos de quien leí una novela original, y no la versión infantil; y probablemente también el primero que me motivó a escribir mis propias historias, y no es de extrañar que haya sido tan influyente, pues en su bibliografía se encuentran muchas de las que después se convertirían en grandes pasiones mías: la fantasía, la aventura, la navegación, el misterio y la ficción histórica. Por eso en esta semana que Navegante del Clío cumple cuatro años, me sentí motivado a buscar una creación suya de la que no hubiera hablado ya, y terminé decidiéndome por un fascinante relato que algunos han interpretado como un comentario a Crimen y Castigo, otros como un ensayo de lo que se convertiría en Doctor Jekyll y Mister Hyde, y otros más como los delirios teológicos de un hombre atormentado.
Antes de hablar de la estructura, compleja pese a su brevedad, quiero hablar de las generalidades del cuento: muchos analistas han descrito como un relato de terror gótico, y creo que comparte ciertas características con el subgénero, como la ambigüedad en cuanto a si lo sucedido es una aparición fantasmagórica real o producto de la degradación psicológica del protagonista (aunque, el que esté narrado en tercera persona lo acerca más a cierta “objetividad”), así como una muy bien lograda atmósfera de paranoia, pero desde mi punto de vista, este cuento se acerca mucho más al suspenso que al terror, pues la tensión está aterrizada en miedos concretos del protagonista (ser descubierto) y no se ve realmente sorprendido por la aparición, ni siquiera cuando intuye su naturaleza, siendo su reacción más bien ansiedad por las implicaciones para su escape.
Pese a incluir algunos de los diálogos más densos de toda la bibliografía de Stevenson, su prosa permanece accesible, y sorprendentemente ágil para un escritor decimonónico. Si bien la trama se vuelve ligera en acciones una vez que se comete el crimen que detona la historia, el autor en ningún momento suelta al lector gracias a un experto uso de la descripción para influir en las emociones, en particular la descripción del cadáver (que permite al protagonista oscilar entre indiferencia, repugnancia y remordimiento, dependiendo del ángulo bajo el que lo vea), el uso constante de espejos como representación visual de la culpa y auto desprecio de Markheim, y de la combinación de luz y oscuridad (el eje temático del cuento) en todas las habitaciones.
Es momento de pasar a la estructura del cuento, pues me parece sensacional: aunque conectados por un evidente desarrollo temático, la pugna entre el bien y el mal; cada uno de los tercios tiene un ritmo y tono ligeramente distintos, lo que los vuelve claramente diferenciados, casi como microrrelatos en sí mismos. El tercero es mi favorito personal, pero creo que los tres son brillantes en su ejecución, al mismo tiempo en su propia composición y como complemento de los otros dos.
El primero es el más realista de los tres, y consiste en la conversación entre Markheim y un anticuario, culminando en la decisión del primero de asesinar al segundo. Si bien las intenciones del asesino no son evidentes en la primera lectura (sí en una relectura, lo que lo vuelve una experiencia gratificante), en el diálogo rápido, de constantes interrupciones y titubeos es evidente la tensión y la duda interna; aunque el texto es ambiguo sobre si dicha pausa es debido a un remordimiento moral o a una falta de valor. El diálogo en ningún momento cae en la sobre explicación, y aún así está compuesto de tal forma que el lector pueda inferir una relación previa, probablemente muy antigua entre los dos personajes, marcada por la desconfianza mutua, vistazos del pasado de ambos, unidos por la ilegalidad, y un retrato bastante eficiente de la personalidad de víctima y victimario. En ese último punto, resalto sobre todo la caracterización del anticuario, en el que se logra el equilibrio de dejar en claro que no es un hombre virtuoso, sin caer en justificar su asesinato por eso. En cuanto a Markheim, el autor plantea un juego en el que, al no revelar sus motivaciones, abre la puerta a la ambigüedad sobre si debemos empatizar con él o no, y ese debate se ve reflejado también en su personalidad, llena de contradicciones, siendo la más importante para mí el que sus dotes de planeación del crimen son evidentes, llenos de detalles, pero a la vez se deja dominar por el pánico y es incapaz de ser meticuloso.
La segunda parte, gracias a la casi total ausencia de diálogo, funciona más como un hilo de pensamiento de Markheim, casi incoherente, mientras es carcomido por sus miedos, y al dudar de todas sus acciones se ve lento en dar sus siguientes pasos, mientras comienza a intuir otra presencia en la casa. El segmento que más se acerca al horror de todo el cuento, resalta gracias a un excelente uso de la única locación del cuento, pues la casa parece casi transformarse mientras el asesino juega con la locura, y establece una tétrica relación con el cadáver de su víctima que incluso llegó a hacerme a mí cuestionar si habría validez en su paranoia de que no estuviera en verdad muerto. En este segmento, Stevenson comienza a introducir su lado más filosófico, sobre todo a través de una reflexión sobre el tiempo, la naturaleza y el temor, mostrando otra aparente contradicción en el protagonista (teme a los hombres, pero no a Dios), sin que esto vuelva la narración aletargada, interrumpiendo el flujo de conciencia con muy efectivos momentos abruptos, como el llamado a la puerta principal y el uso recurrente como imagen de las puertas entre abiertas.
La tercera parte, en mi opinión la más efectiva de todas, inicia con la aparición de una entidad, a quien Markheim pronto identifica como el diablo, quien agrega a la historia un tema de carrera contrarreloj (la criada del muerto está por regresar), pero aún así decide detenerse a entablar una fascinante conversación con el asesino. No quiero dar muchos detalles de ella, pues creo que merecen descubrirla por ustedes mismos y extraer sus propias conclusiones, pero basta decir que, con componentes tanto teológicos como filosóficos, plantea una serie de interesantes cuestionamientos no sólo sobre el bien y el mal, sino sobre la naturaleza humana, siendo algunas de las preguntas más interesantes:
¿Es justo llevar una vida sin escrúpulos y evitar las consecuencias al arrepentirse al último momento? ¿Es cierto que esto alienta a otros a obrar mal?
¿La maldad por necesidad, que argumenta Markheim en su defensa, es menos merecedora de castigo que la maldad por placer?
¿Cuál es el origen de la culpa y qué tanto hay de hipocresía y auto engaño en el actuar de los seres humanos?
¿Qué tan cierto es lo que se afirma que, cuando se trata del pecado, la aspiración es lo opuesto de la debilidad?
¿Es verdad que la maldad no está en la acción sino en el carácter?
¿Se puede cambiar la naturaleza?
Así como Stevenson nunca es concreto al revelar las motivaciones del asesino, tampoco es exacto en la descripción del extraño. Hay quienes lo ven con la imagen de la víctima, otros como un Doppelganger o reflejo del protagonista (ambas válidas si se trata de una manifestación de la culpa), pero creo que lo vago actúa en favor de la narrativa, y la naturaleza etérea del extraño es clave para la interpretación, y se complementa con la decisión final de Markheim, al darse cuenta que el actuar, en su caso particular, está condenado al fracaso, que continúa pervertiéndose y que su única esperanza radica en no actuar, o, en palabras del propio personaje, que me parecen muy poéticas, al ser imposible el amor al bien, siempre queda el odio al mal.
El final es espectacular, con un giro que re significa toda la interacción anterior, y una última línea que es paradójicamente reconfortante, pese a que el autor nunca niega sus implicaciones funestas. Dado lo agridulce del final, puede resultar bizarro que la historia se sitúe el día de Navidad, pero esto no se trata de una decisión accidental, sino que informa, desde la primera línea lo que será la conclusión: siempre hay esperanza de hacer lo correcto, incluso cuando se tiene que trascender lo físico; y aunque el triunfo del bien es un tema trillado en la literatura, lo que para mí eleva este cuento es la madurez con la que Stevenson concluye su reflexión: la redención sí es posible, pero sólo si se enfrentan las consecuencias de los actos.
Título original: Markheim
Autor: Robert Louis Stevenson
Año de publicación: 1887
Hasta el próximo encuentro…
Navegante del Clío
Comentarios