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Los dos samurái

¡El maestro es un cobarde! No hay otra explicación posible.


Mientras atestiguo el "duelo", si es que es posible llamarlo así, pienso en la vergüenza que pasaría mi padre, que invirtió todo lo que poseía para que fuera aprendiz del viejo samurái. Su reputación ha viajado por todas las islas del Japón, y se dice que incluso en su retiro, no hay adversario capaz de vencerlo.


El oponente que hoy intenta probar falsa la leyenda es apenas unos años mayor que yo, pero ya posee su propia reputación, pues nunca ha perdido una pelea en su incipiente carrera. Hay quienes lo llaman amoral y tramposo, otros reconocen a regañadientes que es un prodigio para encontrar y aprovechar los errores del adversario. Fue por esa fama que advertí al maestro rechazar su desafío, pero el anciano me ignoró.


Lo que pensé sería la más grande demostración del arte de la espada jamás visto, resultó ser una gran decepción. Aquí estoy, en la plaza pública, viendo a mi maestro arrodillado en el suelo, con los ojos cerrados, meditando mientras el retador lanza en su dirección una cantidad impresionante de insultos, dirigidos a su edad, su talento, su vestir, su cuerpo, sobre su reputación. No entiendo como la sangre del viejo no hierve, pues hasta yo me he ofendido en su nombre, pero él no se ha movido; ni siquiera para quitarse de los párpados el escupitajo con el que lo ha "honrado" su oponente.


El sol está a punto de ponerse, y por primera vez, comienzo a notar desesperación en las provocaciones del impetuoso guerrero. Por fin, se acerca al rostro del maestro, y al oído grita un último insulto, esta vez cuestionando el honor de los ancestros del anciano, pero éste sigue sin moverse, ni siquiera para defenderse con palabras. Dos de mis compañeros tienen que sujetarme para que no intervenga, pues interrumpir el encuentro sería una afrenta a ambos contendientes, pero ninguno merece mi respeto. No sé quien es más bajo, quien cuestiona el linaje de quien antaño fue el más prodigioso de los samurái, o un viejo débil que tiene tanto miedo de perder que ni por sus nobles ancestros es capaz de enfrentar a quien lo ha retado.


Llega el crepúsculo y el retador, rojo de ira, patea la arena del lugar del encuentro y se aleja, cansado y humillado. Es claro que se ha rendido, pero nadie corre a felicitar al maestro por su victoria, el aire huele a decepción. Después de un largo silencio, sólo yo me atrevo a hablar:


­­­—¿Qué llevas en la sangre, maestro? Pues es claro que sangre no es. Las palabras del guerrero fueron malvadas e indignas, pero lo que veo ante mí no es más que un anciano aterrado, no a la leyenda de quien he venido a aprender. Si hubieras perdido, ese hombre habría aumentado su fama a espaldas de tu nombre, pero tendrías aún el respeto de tus estudiantes. ¿Por qué no peleaste? ¿Por qué no respondiste?


—¿Te han dado un regalo que no has querido aceptar? —pregunta el anciano— Si lo rechazas, ¿a quién pertenece aquel obsequio?


—A quién lo trajo para mí —contesto a regañadientes, y el maestro lanza entonces una lección que no olvidaré nunca:


—Con los insultos, el odio y la envidia es lo mismo. Si no los aceptamos, seguirán acompañando a quien los carga dentro de él.



¡Bienvenidos pasajeros! La mitología japonesa está llena de historias cortas que sirven como aforismos o lecciones morales, en semejanza a la fábula occidental. En lugar de introducirlos a un complejo sistema de dioses y monstruos, creí oportuno cerrar esta semana con una de estas lecciones de alcances universales.




Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío

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