Macario
¡Bienvenidos pasajeros! Como bien saben mis lectores frecuentes, rara vez hago publicaciones que celebren una efeméride específica, menos aun las mexicanas, pues tengo muchos problemas con la forma en la que se ha llevado a cabo el discurso oficial. Sin embargo, el día de película coincidió este año con el 16 de septiembre, y no me pareció correcto hablar de una cinta que no fuera mexicana. Por eso, y tomando en cuenta que ni el primero ni el segundo de noviembre caerá en miércoles, tomé la decisión de adelantar la publicación que tenía planeada para la temporada de muertos, uno de los primeros clásicos mexicanos.
Dirigida por Roberto Gavaldón, quien escribió el guion junto con Emilio Carballido; la película es protagonizada por Ignacio López Tarso (Macario), Pina Pellicer (esposa de Macario), Enrique Lucero (Muerte), Eduardo Fajardo (Virrey), Mario Alberto Rodríguez (Don Ramiro), Consuelo Frank (virreina), Celia Tejeda (Chona), Enrique García Álvarez (Inquisidor), José Gálvez (Diablo) y José Luis Jiménez (Dios). Pese a recibir críticas iniciales mixtas en México (la mayoría cuestionando la cinematografía en blanco y negro y la falta de lucha social en los temas), fue un éxito sin precedentes para la época en taquilla, y gozó de una excelente reputación internacional, proyectándose en el festival de Cannes y siendo la primera cinta mexicana en ser nominada al Oscar a Mejor Película Internacional.
Basada en una novela de B. Traven, inspirada a su vez en un cuento de los Hermanos Grimm; la película se sitúa en la época colonial y cuenta la historia de un campesino pobre cuyo único deseo es comerse un guajolote completo él solo. Cuando por fin parece que va a cumplirlo, un encuentro con tres extraños cambiará para siempre el curso de su vida, en uno de los primeros ejemplos en el cine de lo que después sería conocido en la literatura como realismo mágico; pues nadie cuestiona los elementos sobrenaturales, sólo su origen.
Con sólo hora y media de duración, la película es breve pero nunca frenética, pues invierte bien su tiempo con un excelente uso de la toma larga en momentos selectos para hacerla parecer más larga de lo que es. Aunque, como lo dije un par de párrafos atrás, las críticas nacionales cuestionaron que no se utilizara el color para mostrar la riqueza de la cultura mexicana, yo creo que la cinematografía a blanco y negro fue la decisión correcta, pues aterriza en el realismo el primer acto, centrado en mostrar las carencias de Macario y su familia; y construye una atmósfera tétrica cuando la muerte tiene una participación más grande, incluyendo un excelente trabajo de diseño de iluminación en la cueva del tercer acto.
Entre otros aspectos técnicos, los efectos especiales son simples en su ejecución (la mayoría poco más que astutos trucos de edición), pero debieron ser más que efectivos en su época; la música de Raúl Lavista es excelente, y sorprendentemente diversa, pues logra caminar la delgada línea entre un tono oscuro y misterioso por un lado, y un buen sentido del humor por el otro. Situar la historia en la época colonial también fue un gran acierto, pues da pie a un excelente diseño de producción y vestuario que contrasta en automático el mundo rural de Macario con la opulencia de la familia del virrey, o la inquietante solemnidad de la inquisición.
No creo que sea un gran spoiler decir que uno de los tres visitantes es la Muerte, y es que este concepto es la piedra angular de todo el guion, algo que es evidente desde las imágenes que acompañan los créditos iniciales, las secuencias en el mercado y un memorable sueño con marionetas; y aunque sería ingenuo decir que es la única fuente de la relación que la cultura mexicana tiene con ella, es cierto que en la cinta se puede observar muchos elementos de la contradictoria relación con la muerte: se le recibe como a una amiga, pero se le teme al mismo tiempo, se le intenta engañar y burlar, pero se le respeta a la vez, etc.
La muerte es sin duda el tema principal de la película, pero lejos está de ser el único, pues el guion también se permite explorar elementos como la pobreza, la justicia, la impotencia que genera un hambre sistémica y su aparente inevitabilidad, el equilibrio entre egoísmo y amor a la familia, la desigualdad y empatía (mejor representada en el contraste entre las caracterizaciones de los tres visitantes), y la pregunta sobre si es posible cambiar el destino, sea el del propio Macario o el de los personajes enfermos con los que interactúa en la segunda mitad de la película.
La película se toma su tiempo para desarrollar al personaje principal (el primer extraño no se encuentra con Macario hasta casi media hora dentro de la trama), pero eso le permite al excelente Ignacio López Tarso a encontrar riqueza en un protagonista cuyo trasfondo, personalidad y motivaciones son en apariencia simples. Más allá del actor principal, el resto del elenco es excelente, emblemático del cine de oro; y aunque quizá los más memorables sean Lucero, Gálvez y Jiménez como los tres visitantes, la mayoría del elenco (incluso los no acreditados) tienen momentos para brillar, con Pina Pellicer en específico siendo pieza clave para el éxito de la primera mitad.
Si hay entre ustedes quienes no han visto la película aún, creo que lo mejor es que la descubran por ustedes mismos; yo la vi por primera vez hace mucho tiempo, y sólo me reencontré con ella cuando mi hermano la tuvo que ver en la escuela de cine; pero aunque de manera deliberada me he guardado muchos detalles de lo que ocurre después del encuentro con los visitantes, estas tres conversaciones se encuentran entre las mejores escenas del cine mexicano, gracias a la decisión narrativa de que Macario reconozca al instante la identidad de sus interlocutores, lo que permite mostrarle a la audiencia sus virtudes, sus debilidades y sus principios; y lo lleva a un arco de personaje en la segunda mitad que tiene paralelos tanto bíblicos (la prueba en la prisión) como de tragedia griega (la última decisión de Macario), culminando en un final que, pese a ser cerrado, deja suficientes interrogantes para abrir varios debates sobre la naturaleza de la historia, una fantasía cargada de simbolismo, posiblemente onírica, pero no por eso menos real.
Resulta curioso que una de las más icónicas películas mexicanas de la Historia tenga su origen en un cuento de los hermanos Grimm y adaptado por primera vez al contexto de nuestro país por un extranjero; considerando que parecería más bien adaptación de una de las historias de Rulfo. Esa es la prueba definitiva que, al ser muchos de los temas verdades universales, lo auténtico está más en la forma que en el fondo.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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