Negociaciones
Veinte años después de la partida de Odiseo
Desde el salón de los doce tronos se podía ver la totalidad del cosmos, pero la diosa solo tenía ojos para el hombre que lloraba en la playa, añorando algo que no recordaba. Y ese ritual se había repetido por incontables amaneceres; pasar el día contemplando el horizonte, en infinita tristeza, sólo para volver a olvidar su nombre en el ocaso, y caminar de regreso al palacio de coral a pasar la noche al lado de su captora de voz bondadosa.
Los años habían por fin calmado el rencor que sentía por el astuto guerrero, y sólo permanecía el recuerdo del afecto que alguna vez sintió por él, fortalecido por una emoción rara en ella: la compasión. Por eso, aquella mañana había convocado al consejo de los dioses, pues ya había tenido suficiente.
— ¡Siete años, mi señor Zeus! —gritó en cuanto estuvieron los doce reunidos, además de Hestia y Hades como testigos de honor— siete años hemos contemplado indiferentes mientras Odiseo es cautivo de la hija de Atlas, olvidando su propia historia. ¿No ha llegado acaso el momento de terminar su destierro?
—Siete años es muy poco para los crímenes que ha cometido el aqueo —intervino Poseidón— intrigó para que lapidaran a mi nieto, dejó ciego a mi hijo; incluso a ti, sobrina, te ofendió, cuando permitió que deshonraran a la princesa troyana en tu templo, y atentó contra la vida de tu querido Diomedes. En su arrogancia ha insultado a todos los presentes ¿por qué habríamos de perdonarlo?
—Perdió a su madre, a su amigo más íntimo, a todos sus hombres —intervino Hermes— y de Troya no traerá ninguna gloria, solo el dolor de no saber nunca lo que es ver crecer a un hijo. No fue el único aqueo que nos ofendió con su conducta, pero todos los demás están en casa o en el dominio de Hades ¿por qué alargamos su agonía?
Atenea vio algunos gestos tímidos de asentimiento: Demeter, Dionisio, Hefesto, incluso la soberbia Hera; pero la diosa de la sabiduría sabía que nunca lograría convencerlos a todos, pues Afrodita, Apolo y Ares aún recordaban con amor a los troyanos, y odiaban a sus asesinos. Poseidón jamás le daría la razón, y Artemisa era un enigma. Recordar al rey de los dioses la voluntad de las Moiras, únicos seres a los que en verdad temía, era arriesgado, pero Atenea se estaba quedando sin opciones.
—Padre, las Moiras dijeron el día que Polifemo maldijo a Odiseo, que si diez años después había siete almas en su patria que creyeran en su regreso, tendríamos de nuevo permitido intervenir en su favor.
Sentado en su trono, Zeus asintió; y los dioses posaron su mirada en Ítaca, preparándose para adentrarse en los corazones de los hombres; y mientras Poseidón sonreía cada vez que observaba a un pretendiente ambicioso, o a un sirviente desleal, Atenea recordó su última conversación con el príncipe navegante.
"¿Sabes donde está Ogigia, viejo amigo? Ahora que sé que mi padre vive, no tengo otro deseo más que el de rescatarlo".
"Esa tarea está más allá de tus habilidades, príncipe", le había contestado, "tu lugar está de regreso en Ítaca, donde te espera un último desafío".
"Grande ha sido la hospitalidad de Menelao, que incluso nos ha proveído de un barco y su tripulación. Partiremos de inmediato, y podrás hablarme más de esta prueba".
"No Telémaco, viajarás tú solo esta vez; pues no volverás a ver al viejo Mentor. No tengo ya nada que enseñarte, salvo un último consejo. No te detengas en ningún templo, ni pases por el estrecho de Samos; navega de noche pues hombres malvados han tendido trampas para ti. Deberás permanecer en Esparta dos semanas más, pero envía por delante tuyo un mensajero que repita lo que aquí has escuchado: en la isla de Calipso, Odiseo vive y pronto ha de volver".
Eso había sido seis días atrás, los suficientes para que el mensajero de Telémaco contara historias en Ítaca, con la venia de Penélope. Ya vivían en palacio cuatro en los que vivía la esperanza, sólo se necesitaban tres más.
— ¡La reina cree! —exclamó Hermes— También la vieja nodriza, el cabrero y el porquero ciego.
—Pero el viejo Laertes perdió la fe —apuntó Poseidón— y si ni el padre cree en el regreso del hijo ¿cómo esperas encontrar tres más?
—Un forastero ha contado por dos noches historias frente al fuego, noble tío —le contestó Atenea— veamos si han encendido de nuevo los corazones.
Y sí, Atenea comprobó que el mensajero del príncipe había traído alegría con su relato a decenas de hombres, pero tras veinte años de ausencia, solo un pescador y una niña pequeña la habían aceptado como verdad en lo más profundo de sus almas.
—Telémaco es también un hijo de Ítaca —dijo la diosa desesperada— él es el séptimo creyente.
— ¿Pretendes tergiversar las palabras de las Moiras, sobrina? —dijo con sorna Poseidón—fueron muy claras en que los siete debían de estar en la patria de Odiseo.
Pero en la naturaleza de Atenea no estaba rendirse, menos aun ante el señor del mar. Solo tuvo que pensar unos instantes, antes de encontrar la respuesta.
—Siete almas mortales deben de creer en el regreso de Odiseo ¿no dice eso la profecía, mi señor Zeus? Pero ¿acaso alguno de ustedes escuchó que todas debían ser humanas?
Y así, gracias a la lealtad de un viejo perro, apenas aferrado a la vida; Atenea y Hermes volaron a la isla de Ogigia, sólo deteniéndose para conjurar una niebla alrededor del barco que pronto regresaría a Telémaco a su hogar, para guarecerlo de las dagas enviadas por los pretendientes.
Al llegar al palacio de coral, fue Hermes quien habló con la hija del titán:
—Calipso, soy sincero cuando te digo que no disfruto de tu soledad; pero ha llegado el momento de que dejes ir a Odiseo.
—Por siete años no he hecho sino amarlo, alimentarlo, curar sus heridas y consolar su corazón herido. Es feliz, y yo me he limitado a seguir las leyes del buen anfitrión.
—El buen anfitrión no hace engaña a su engaña a su invitado para que olvide de donde viene; ni la felicidad es real cuando viene desprovista de elección. ¿He de recordarte que Odiseo no es tuyo, que tiene mujer y familia esperándolo?
— ¿Y no tenían esposos las mujeres que Zeus tomó? ¿Familias las doncellas a las que Poseidón sedujo? ¿Dio acaso Apolo elección a las víctimas de sus encantos? Dime Hermes, ¿por qué solo a las diosas se nos reprocha cuando tomamos amantes mortales?
—Yo nunca he dicho que la ley de Zeus sea la más justa, pero sigue siendo la ley. Vine aquí con la instrucción de ordenarte que lo liberaras, pero te daré la elección que tú le has negado. Pregúntale que es lo que desea, y si en verdad lo amas, honrarás su decisión.
Calipso y Hermes siguieron negociando, pero Atenea no necesitaba escuchar más. Descalza, caminó hasta el hombre que contemplaba el mar, con la larga barba empapada en lágrimas.
— ¿Por qué lloras, anciano?
—No lo sé. Sólo sé que algo me falta.
— ¿Cómo te llamas?
— No... lo sé.
— ¿De dónde vienes?
—No...recuerdo.
— ¿Por qué te aferras a ese pañuelo amarrado a tu muñeca?
— No... —pero entonces el hombre miró la tela manchada, como si nunca antes hubiera reparada en ella, y entonces murmuró una palabra, por primera vez en siete años— Penélope.
—Sí, viejo amigo. Recuerda quien eres.
—Soy...Odiseo de Ítaca. Ha llegado el momento de regresar a casa.
Por primera vez, el mortal regresó al palacio de coral antes del ocaso, y ahí encontró a Calipso en compañía de Hermes. La hija de Atlas era demasiado digna para suplicar, pero le confesó su amor, y tras jurar por el Estigie decir la verdad, le dijo a Odiseo que si accedía a quedarse con ella, podía regresarle la juventud y volverlo inmortal. Pero el viejo rey dijo que no temía a la muerte, pero que necesitaba volver para conocer a su hijo, y suplicar el perdón de su reina.
—Por ti, Odiseo, habría desafiado la voluntad de los dioses —dijo Calipso— pero no desafiaré la tuya. Tala el árbol más ancho de esta isla, y mientras duermes yo construiré para ti una balsa que no necesita capitán, si sabes como guiarla.
Logrado su cometido, Hermes desapareció convertido en viento, pues hablar con su bisnieto revelaría la ayuda secreta que le brindó años atrás, en la isla de otra titánide; pero Atenea permaneció lo suficiente para darle a Odiseo un nuevo consejo.
—He custodiado esto por años, es un pedazo del vestido de Penélope, impregnado de su amor y esperanza —le dijo mientras se lo daba— Cuando te hagas a la mar en la balsa de Calipso, átalo al pañuelo que has guardado con tanto celo, y duerme aferrado al nudo, pensando en lo que más extraña tu corazón. Si tu fe es tan grande como la de quien te espera, la balsa te llevará a donde está la ayuda que necesitas.
Así hizo Odiseo, y a la mañana siguiente, sin mirar atrás, se hizo a la mar. Por última vez, Poseidón intentó hundirlo, y la balsa se partió en dos, pero como si los dos pedazos de tela atados comandaran a los mismos vientos, un madero sobrevivió lo suficiente para que el señor de Ítaca, habiendo perdido todo salvo la prenda de su mujer, y el favor de su diosa, pudiera llegar a nado al reino de los feacios.
Y así fue como terminó el relato que Odiseo contó entre lágrimas al rey Alcínoo, la reina Areté y la princesa Nausícaa, quienes lo vistieron, alimentaron y llenaron de obsequios, prometiéndole que volvería a casa. Al atardecer del día siguiente , Odiseo cerró los ojos a bordo de un barco extranjero, impulsado por la magia de aquel pueblo bondadoso. Cuando los abrió de nuevo, estaba en Ítaca.
¡Bienvenidos pasajeros! En algunas versiones de la historia, Poseidón castiga a los feacios convirtiendo el barco que transportó a Odiseo en un peñasco a su regreso, pero yo los he querido salvar de tal destino, así como decidí omitir casi todo lo que aconteció en Ogigia. Con este relato, la parte del viaje se ha terminado, pero aún quedan varias aventuras del héroe en su patria, que continuarán las próximas semanas.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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