Náufrago
- raulgr98
- hace 5 horas
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¡Bienvenidos pasajeros! La semana pasada viendo reseñas en internet, más de uno mencionó un elemento en particular de la película Cast Away, y eso me inspiró para revisitarla, pues es una de las películas que más me traumó en mi infancia.
Estrenada en 2000, la cinta fue dirigida por Robert Zemeckis y escrita por William Broyles Jr. Protagonizada por Tom Hanks (Chuck Noland); quien es el único actor en pantalla por gran parte del metraje, actores secundarios en el prólogo y epílogo incluyen a Helen Hunt (Kelly), Nick Searcy (Stan), Chris Noth (Jerry) y Lari White (Bettina). Un gran éxito en taquilla, la tercera que más recaudó de ese año, y fue bien recibida por la crítica, llegando a recibir dos nominaciones al Oscar (Mejor actor y mejor sonido).
Como su nombre lo indica, la trama sigue a un hombre que, tras un accidente aéreo, queda atrapado por cuatro años en una isla desierta, así como el efecto físico y psicológico que el aislamiento tiene sobre el protagonista. Un concepto aparentemente sencillo, tardó seis años en desarrollarse, y aunque muchos acusan a la película de ser demasiado complicada para lo que es, yo creo que el resultado final es uno bien logrado (aunque, debo admitir, es un poco más larga de lo necesario).
No suelo hablar del proceso de producción de una película, pero el de esta cinta me parece fascinante, y en muchos sentidos una historia igual de extrema que la trama de la historia. Uno de los procesos de producción más largos (increíble que lograra mantener relativamente bajo el presupuesto), pues la filmación se extendió por dieciséis meses; debido a que, en una decisión que traería problemas de salud al actor principal, se determinó que no se usaran pelucas ni prostéticos para mostrar el paso del tiempo: Hanks, tras ganar más de veinte kilos, la primera mitad de la cinta antes de que se suspendiera por más de un mes para que el actor dejara crecer su barba y perdiera peso; para grabar las escenas posteriores al salto temporal antes de detener la filmación por cuatro meses más para de nuevo transformarse físicamente, en esta ocasión para rodar el final. Sumándole una pausa forzosa de tres semanas por una herida seria de Hanks en la pierna, que casi le cuesta la vida; los descansos fueron tan largos que Zemeckis tuvo tiempo de rodar otra película completa antes de concluir producción. Considerando lo caótico del proceso de realizarla, la narrativa resulta sorprendentemente cohesiva.
A niveles técnicos, la película es probablemente la última gran película de Zemeckis (aunque, no he visto Flight, así que no lo puedo afirmar con certeza). La cinematografía es excelente, logra capturar de forma aterradora la soledad, tanto en la isla como en las escenas del mar; y el diseño de sonido complementa muy bien la angustia interior del personaje. La locación principal, una isla de Fiji, está bien utilizada (aunque, no puedo evitar mencionar que la película comete un error de locación, pues es imposible que haya tierra en el lugar donde ubican el accidente). Si bien la película es catalogada como un drama, y por lo tanto no tiene secuencias de acción en el sentido tradicional, la escena del accidente al final del primer acto es un buen desplegado de tensión y dinamismo en una historia que explota un ritmo más lento por el resto del metraje.
Incluso más que el apartado visual, quizá el elemento más memorable es la banda sonora, o mejor dicho la falta de esta: durante todo el metraje que Chuck pasa en la isla no hay una sola pieza musical (ni siquiera hay ruidos animales), lo que genera en el espectador niveles elevados de ansiedad, que aumentan la conexión del protagonista: sin elementos meta diegéticos que sirvan como apoyo o distractor, el público siente en carne propia la desesperanza del personaje, y por eso el escape de la isla, primera escena en la que suenan las composiciones de Alan Silvestri, es un clímax tan poderoso.
Tom Hanks es excelente en el rol protagónico, tanto en los momentos de desolación emocional como en el ingenio que muestra al improvisar tácticas de supervivencia. El prólogo extendido es clave para esto, mostrando su personalidad rígida y rutinaria; que se ve desafiada a niveles extremos por la trama. El ritmo es lento, pero eso permite que el guion se concentre en el desarrollo de personaje, empleando la técnica de escenas paralelas (los dos intentos de escape en balsa los más evidentes) y la actuación naturalista de Hanks, que incluye una escena de extracción dental (bien anticipada en el primer acto), que me sigue resultando difícil de ver.
El epílogo, que muchos críticos destrozaron al momento de su estreno, para mí es necesario para volver redondos los temas de la película: no sólo es Helen Hunt excelente en el rol menor, sino que el simbolismo que ha sido consistente en toda la película (el único paquete sin abrir), toma sentido pese a que el misterio de su contenido nunca es revelado, y la toma final, abierta y melancólica, encapsula el tema de la película: si la incertidumbre hacia el futuro era el principal agobio de Chuck poco después del accidente, ahora una encrucijada es una fuente de esperanza.
Cierro con un homenaje al mejor personaje de la película, y el que inspiró esta publicación: la pelota Wilson. Una adición tardía a la historia, que surgió como un mero pretexto para que Chuck pudiera decir diálogos, es yo creo que la mejor prueba del talento del equipo creativo (tanto guionista, como director, como el propio Hanks), que logran que la audiencia se involucre emocionalmente con un objeto inanimado, casi al grado de inyectarle personalidad. Su última escena me devastó emocionalmente, y es una que me cuesta mucho volver a ver, más de veinte años después, y ese impacto profundo es quizá el mayor elogio que puedo dedicar a la película.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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