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Siete arcos

"¡No lo haré madre!" gritaba Iasá. "¡No puedes obligarme!"


Pero si pudo, pues el contrato matrimonial había sido firmado. Cuando aún sentía alegría en su corazón, Iasá solía bailar en los campos y los bosques, ganando los afectos de cuantos la veían. Jamás ufanándose de su deslumbrante belleza, Iasá conversaba con cortesía con cuanto se le presentara, y si los seducía era tan sólo por accidente. Más de uno pidió su mano, pero su madre ambiciosa rechazó a todos.


Eso fue hasta que dos extraños llegaron a la aldea: el primero llegó con flores y el segundo con piedras preciosas. Mientras que uno le prometía a Iasá pasar su existencia acompañándola, y bailar con ella hasta el ocaso, sin pedir más que una sonrisa a cambio; el otro ofrecía poder ilimitado y un séquito que la adorara, a cambio de devoción absoluta. No fue hasta que la muchacha confesó que se había enamorado de su primer pretendiente fue que este se rebeló como Tupá, el hijo del dios creador.


Quizá podrían haber sido felices, de no ser por los celos del segundo extraño, pues este era Anhangá, el demonio, y no se iba a dejar vencer tan fácilmente. Habiendo fallado en conquistar a la hija, tornó su mirada a la madre, y le prometió banquetes y riquezas por el resto de sus días si le daba a su hija como esposa. Fue así como, aquella mañana, Iasá se enteró que pasaría el resto de la eternidad en el abismo, sin volver a ver el rostro de su amado. Lloró, gritó y rogó, pero no recibió respuesta alguna de su madre. Entonces, con valor, se dirigió por vez primera a su prometido, y pidió ver a Tupá una última vez.


Hasta el demonio siente más compasión que la avaricia del mortal, y Anhangá accedió a cumplir el deseo de su amada, pero con una condición: al estar el embaucador siempre temeroso de ser engañado, le exigió que se hiciera un corte en el brazo, para poder seguirla en el camino al cielo cuando el día se acabara.


Fue así que Iasá comenzó su último peregrinar, dejando tras de sí el arco carmesí. Tupá, viendo con desesperación el dolor de su amada, suplicó a todos los aspectos de la creación que lo ayudaran a confundir al enemigo pero tanto era el temor al malvado, que sólo tres respondieron al llamado: Con devoción, el sol, el cielo y el mar acompañaron a la mujer en su camino, dejando tras de ella tres caminos más, amarillo, azul y añil, para que Anhangá no supiera a cual seguir.


Mas el mundo es cruel, y en el instante mismo en que Iasá y Tupá cruzaron mirada, en el umbral del firmamento, la más grande belleza del mundo, que no por eso dejaba de ser mortal, desfalleció por la pérdida de sangre. Al caer de regreso a la tierra, su sangre manchó a quienes la escoltaban: del sol ensangrentado surgió un arco naranja, y cuando el cielo se salpicó de sangre el violeta se unió al camino.


Iasá nunca llegaría al cielo, pero tampoco se desposaría en lo profundo, llorada por todos, murió en una playa, viendo las estrellas. En esas horas del crepúsculo, los últimos rayos dorados del sol abrazaron a la infortunada mujer, y el mar también la rodeó, llorando. Al tocarse ambos dolientes, con la muerte de Iasá nació un último arco, de abundante verde, que cargando con la vida de Iasá se unió al eterno viaje.


Desde entonces los siete colores del arcoiris recorren la creación cuando Tupá sonríe y llora a la vez en recuerdo de su Iasá, homenaje eterno del gran amor que no pudo ser.

¡Bienvenidos pasajeros! El arcoiris ha sido un símbolo de amor desde tiempos inmemoriales, y el día de hoy les quiero compartir uno de esos mitos antiguos, de Brasil, una historia tan bella como triste.




Hasta el próximo encuentro...


Navegante del Clío

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