Tiburón
¡Bienvenidos pasajeros! El otro día leí un artículo sobre películas de terror que han sido nominadas a los Oscar, y cómo ha sido un poco más frecuente esta década, aunque aún es un género poco valorado por la Academia. De las nueve cintas que han llegado a Mejor Película, hay una de la que no creo escribir nunca y seis más que ya reseñé en este espacio. Quedan dos, y hoy quiero hablar de la que creo es mejor de las dos.
Estrenada en 1975, la película es dirigida por Steven Spielberg (en la producción que lo catapultó a la fama) y escrita por Peter Benchley y Carl Gottlieb. Protagonizada por Rot Scheider (Brody), Richard Drayfuss (Hooper), Robert Shaw (Quint), Lorraine Gary (Ellen) y Murray Hamilton (Vaughn); la película gozó de una excelente recepción crítica, siendo nominada a cuatro premios Oscar (incluyendo Mejor Película), de los cuales ganó tres: banda sonora, edición y sonido. Un éxito en taquilla impresionante, rompiendo récords de recaudación en múltiples países, con catorce semanas consecutivas en el primer lugar de la taquilla, es considerada en la historia del cine como el primer blockbuster y aún considerada, pese al género al que pertenece, una de las mejores películas de todos los tiempos, homenajeada y parodiada por décadas.
Como escribí hace un par de semanas, no suelo disfrutar películas de animales asesinos, y por eso durante muchos años, hasta el bachillerato, no tuve mayor interés en ver la película, pese a reconocer su influencia. Cuando finalmente vi esta historia de un tiburón blanco desatando el terror en una isla pequeña, y los esfuerzos de un sheriff, un biólogo marino y un cazador psicótico por atraparlo; quedé sorprendido no sólo por la calidad técnica, sino por la fuerza narrativa, que es algo que no suele verse en películas de este tipo. Un guion que toma claras alusiones de Moby Dick, en sus ideas de obsesión, el miedo paralizante y la fuerza arrolladora, casi invencible, de la naturaleza; destila terror en estado puro, y aunque lamento profundamente algunas de sus consecuencias, como la persecución desmedida de animales, entiendo porque aumentó el miedo al agua en muchos espectadores.
Una adaptación que, en mi opinión, es de las pocas que supera a la novela original, el ritmo de la película es impecable, beneficiándose de un buen diseño de producción y un balance muy complicado entre humor y terror, con un diálogo que se benefició de la improvisación por parte de un sólido elenco. Aunque el grupo de personajes es reducido, todos (con la posible excepción del alcalde, el antagonista evidente de la cinta, pero que no desciende a una caricatura) tienen una caracterización sutilmente compleja y arcos de personaje bien definidos (el miedo al agua de Brody, el estrés post traumático de Quinn, la inseguridad de Hooper) con una excelente química, lo cual es clave considerando que la segunda mitad de la película ocurre con tres actores en un bote, y no aburre pese a lo contenido de la locación. La actuación de Scheider en el rol protagónico puede parecer demasiado estoica bajo una lupa contemporánea, pero creo que es efectiva, y el ancla emocional que la película necesitaba para contrastarlo con el entusiasmo, que roza lo ingenuo, de Dreyfuss (mi personaje favorito, y el más infravalorado del trío) o la personalidad más grande que el mundo que da Robert Shaw como el cazador Quint, quien tiene la responsabilidad de dos grandes monólogos. Incluso los extras logran dejar una impresión memorable, y eso contribuye a la exploración temática, que es más profunda de lo que se le da crédito, pues dedica amplio tiempo a explorar la histeria colectiva y una dura crítica a la autoridad (representada por el alcalde) que prioriza los beneficios económicos del turismo por encima de la vida humana.
Normalmente no disfruto hablar de muertes en una película, creo que con mucha facilidad pueden descender a la violencia gratuita, poco más que un recurso para causar shock, y aunque en Tiburón son tan explícitas como el presupuesto pudo permitirse, hay tal maestría en la forma en que son dirigidas, que son la excepción a la regla: "sólo" hay cinco muertes en la película, y una de ellas ocurre fuera de cámara, pero todas quedaron grabadas a fuego en mi memoria pese a sólo haber visto la película dos veces, construidas cada una con un ritmo y golpes de efecto totalmente distintos, elevando de forma increíble la tensión (pues Spielberg se atreve a matar un niño, lo que le comunica a la audiencia que absolutamente nadie está a salvo).
Mucho se ha hablado de los aspectos técnicos de la película, desde las dificultades que implicó ser la primera película de medio o alto presupuesto en ser rodada en altamar y las extenuantes jornadas de filmación (que se extendió a más de cinco meses) hasta los problemas para operar a Bruce el tiburón mecánico, que resultó beneficioso para la cinta pues los obligó a mostrar contención en el mostrar en primer plano al animal, resultando en tomas muy creativas y más terroríficas. En una reseña a mediados de año dije que nadie vivo sabía mover una cámara como Steven Spielberg, y ese talento se nota desde su carrera temprana, con una cinematografía brillante y movimientos de cámara que son considerados universalmente como tomas maestras del cine. En julio tuve la oportunidad de visitar el Museo de la Academia, y una de las exhibiciones temporales estaba dedicado exclusivamente a Tiburón, desde el proceso de preproducción e investigación hasta maquetas, recreaciones del set y exhibiciones interactivas, y eso no hizo sino aumentar mi admiración por una obra que, si bien funciona a nivel narrativo, como técnica cinematográfica es casi perfecta.
Como no podía ser de otra manera, me despido dándole un reconocimiento a la que es la segunda persona más instrumental en el éxito de la película: el compositor John Williams. En una opinión que puede sonar casi sacrílega, creo que esta banda sonora es infravalorada, pues me parece extremadamente versátil, sobre todo en las secuencias de acción, pero esto se discute poco pues el resto de la música es eclipsada por el tema principal, de sólo dos notas, pero que me paralizó de miedo incluso cuando la recrearon en una atracción de parque de diversiones.
Poco antes de terminar de escribir esta publicación, vi un video donde mencionaban que Tiburón no es en realidad una película de terror, sino una cinta de aventuras, con los golpes de efecto y clímax emocionales de ese subgénero; pero yo creo que la razón por la que sigue siendo la única película de animales asesinos que funciona para mí, y que logra sorprender a más de cincuenta años de su estreno, es porque sin aparente esfuerzo logra ofrecer lo mejor de ambas.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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