Todos los caminos llevan a Oz
- raulgr98
- 28 nov 2025
- 9 Min. de lectura
Aún no saben que están destinados a encontrarse, pues hay entre ellos quienes aún no han nacido. Mucho los une, las alegrías, las penas, hasta el estado de nacimiento, pero aún les quedan muchos dolores por delante, mucha soledad. Son cuatro soñadores de Kansas, esperando el momento en que un tornado los lleve a casa.
En el sur, julio de 1909
Un niño pequeño corre de regreso a su escondite, en el segundo piso del granero. No llora, pues hace mucho que las lágrimas se le secaron, pero aún así tiene el rostro húmedo, pues de su frente escurre un líquido espeso y carmesí. No es la primera vez que lo golpean, no hace ni dos semanas que le han quitado el yeso de la pierna, pero si es la primera vez que creen que podrían matarlo.
Él pensaba que sabía ocultarlo. Nada en su interior ni en su comportamiento lo delataba como diferente, jugaba como los demás, estudiaba como los demás, imaginaba como los demás. Pero alguien había sospechado algo que el niño apenas comenzaba a descubrir, y en las últimas semanas, el niño herido se había familiarizado con una nueva palabra, una que quizá alguna vez significó otra cosa, pero ahora sólo se destinaba a aquellos que no merecían llamarse hombres. Por más que se tapa los oídos, aún escucha el coro burlón:
—Queer, queer, queer.
Pero ahí, en el segundo piso del granero, está a salvo. Sólo una persona sabe que aquel es su escondite, y escucha sus amables pasos subir por la escalera. En el futuro, se arrepentirá de no haberle podido preguntar nunca al anciano si intuía su secreto, pero su amor nunca lo puso en duda.
—Es un pueblo pequeño, para mentes pequeñas —le dice su abuelo— pero por eso debes estudiar muy duro, para salir de aquí. Tal vez en Nueva York…
Y el viejo se pierde en sus propios arrepentimientos, pero antes de regresar al trabajo, le deja un obsequio.
—Te lo compré en la ciudad, creo que aún no lo tienes.
El niño abre con ilusión el paquete, pues ya sabe lo que es. Una pieza nueva para su tesoro, su alegría. Relatos de una tierra mágica donde los seres más dispares podían caminar lado a lado, donde los deseos más profundos del corazón se hacían realidad, donde un niño podía convertirse en niña y nadie le grita, sino que la festejan.
Devora en una sola noche aquella quinta aventura en esa tierra lejana, y cuando por fin se queda dormido, es con un pasaje en la mente y el corazón: “Tienes amigos peculiares, Dorothy” había dicho un hada, y la niña de Kansas respondió: “No importan sus peculiaridades, siempre que sean amigos”.*
Cuando se despierta, el niño lo hace con una nueva ilusión, que le llena de valor. Algún día encontrará a Dorothy, una amiga para quien aquella palabra no signifique vergüenza, sino empatía. Y mientras se llena de aquella esperanza, casi podría jurar que el camino a la escuela estaba hecho de ladrillos amarillos.
En el norte, septiembre de 1939
El muchacho se ha enamorado por primera vez de una mujer, aunque ha tenido que acompañar a su padre a Chicago para eso. Tiene sólo diecisiete años, pero esas emociones no le son ajenas: las sintió a los doce, cuando su mano rozó por accidente la de su mejor amigo, y lo sintió a los quince, cuando un compañero del equipo de futbol le sonrió en el vestidor. Aún no estaba listo para admitirlo, ni siquiera a él mismo, pues en Kansas hay cosas que deben sepultarse, pero muy a su pesar, estaba seguro de lo que era.
Aquel viaje era su última oportunidad de curarse, aunque sus sentimientos nunca se sintieran como una enfermedad. Su padre tenía varias reuniones de negocios, y le dio dinero para los espectáculos de la ciudad, llenos de música, bailes y mujeres con poca ropa. Sí, no eran lugares idóneos para alguien tan joven, pero su padre tiene una reputación que cuidar en el bar del pueblo, y está desesperado.
Lo que ignora, es que al saberse solo, los ojos del joven no van al cabaret o al vaudeville; sino a la sala de cine. A Kansas no llegan muchas opciones, pero él reconoce uno de los títulos anunciados, pues lo leyó por primera vez años atrás, en la biblioteca del colegio.
Cuando termina la proyección, lágrimas se deslizan por sus mejillas, pero no porque la película haya sido triste o aterradora. Llora porque en ese momento, no hay nada que desearía más que estar en aquella tierra donde los espantapájaros pueden bailar y gritar sin ser juzgados, donde hasta un hombre de hojalata puede llorar sin que se cuestione su masculinidad, y sobre todo, donde un fiero león es feliz al sonrojarse y lucir un moño. No hay un romance entre un príncipe y una princesa, no hay una transformación mágica que resuelva los problemas, sólo personajes aprendiendo a aceptar el cómo quieren ser.
Pero hay una sorpresa más que se le tiene reservada, pues al prenderse las luces, un hombre de traje anuncia que hay una invitada sorpresa para un público tan amable. Tarda un instante en reconocerla, pues al verla sin el traje de la película se da cuenta que no es una niña pequeña, sino que tiene casi su misma edad. Pasa muy pocos minutos en el escenario, los suficientes para cantar una pieza, pero es suficiente para deslumbrarlo. No es su figura, pues esa nunca le llamará la atención, y tampoco es su voz, por angelical que sea, sino lo que dice. Ese joven, que toda la vida fue escéptico, ahora cree que la joven en el escenario entiende su sufrimiento, y que su promesa de una tierra más allá del arcoíris es real.
Para cuando abandona la sala ya ha tomado una decisión. Sólo permanecerá en Kansas lo suficiente para salir del bachillerato, pero se marchará para nunca volver atrás. No sabe a dónde irá, quizá a Nueva York, aunque sus rascacielos no sean esmeraldas. Pero sí hay una certeza dentro de él, y es que seguirá a la señorita Garland hasta el final del mundo.
En el este, 27 de junio de 1969
Un hombre de mediana edad se viste de la más rigurosa etiqueta, pero no va a la ópera o a una galería de arte; sino a una taberna en Greenwich Village. Nueva York es mejor que Kansas, pero incluso ahí, hay pocos lugares en los que se sienta con la libertad de ser él mismo, y en ese momento necesita un lugar donde llorar a una reina.
—Si quiere alcohol, señor —le dice el camarero del Stonewall Inn— deberá anotarse en el registro. Se supone que no debo decirlo, pero puede poner un pseudónimo. ¿Cómo desea que lo anote?
—Judy Garland, por favor.
—Es un nombre popular esta noche —es lo único que comenta el muchacho, con una sonrisa triste.
—He pagado un poco extra —dice una voz a su lado— para asegurar que nos permitan ver el funeral. ¿Le importa que me siente junto a usted?
Es más joven que él, y bastante atractivo, pero en esos momentos el hombre no busca con quien compartir la cama, sino la pena. La botella se va vaciando mientras los compañeros conversan. Sólo vieron un par de veces a Judy, ambos tuvieron la fortuna de asistir a su último concierto, pero es como si hubiera sido su amiga. Ella también había sufrido, cargado su propia cruz, guardado muchos secretos…
Apenas y pueden ver la ceremonia, pues hay cosas que son muy difíciles de soportar, y por los sollozos apagados en toda la taberna, parece que no son los únicos, y para cuando el reloj de pared marca la una de la mañana, casi todos continúan bebiendo. Por primera vez, quizá en toda su vida, se siente parte de una comunidad. Poseído por una extraña inspiración, camina hasta la rocola e inserta una moneda, y una vez más la voz de la señorita Garland suena en el Stonewall Inn.
Pero la canción no termina, pues alguien la corta en el último coro; y el hombre ve frente a la rocola el uniforme azul de un oficial de policía. Tal aparición normalmente lo llenaría de terror, pero ahora sólo siente indignación.
— ¡Judy se queda! —grita desafiante, y comprueba que más de uno de los asistentes se ha puesto de pie.
—Este…establecimiento per…pertenece a la mafia —dice el oficial, pero la voz le tiembla. Las redadas no eran inusuales, pero parecía que el policía no esperaba que hubiera tanta gente en un sábado de madrugada.
—¿Y crees que nos importa, cerdo? —dice alguien con sorna—al menos ellos nos dejan ser lo que somos, siempre que consumamos.
Más policías entran en el salón, un par vestidos de civil enseñan las placas, pero algo es diferente a otros operativos. Los uniformados son ocho, los dolientes, más de doscientos.
—¡Todos! ¡Hagan una fila! Todas las ventanas están bloqueadas. Caballeros, se podrán ir después de que enseñen sus identificaciones, siempre y cuando sean mayores de edad. Y a aquellos depravados que se sienten señoritas, o les gusta usar vestido, enseñarán sus partes íntimas. Y más les vale que no haya cosas de más, o se irán a la delegación. ¡Dos oficiales, registren los baños! El resto, hagan que se formen los degenerados.
Y los hombres del bar se mueven, pero no para formarse. En silencio, rodean a las mujeres, tanto a las que nacieron así como a las que no, pues esa noche no entregarán a una de las suyas. Esa noche no entregarán ninguna identificación.
Al final de la barra, una mujer grita, y es que un policía le ha pellizcado el pecho. El hombre de mediana edad no puede aguantarlo más, aquella era una velada especial, y estaba harto de tener miedo. Se acercó, y reventó la botella vacía contra la nuca del oficial.
—¿Quién se ha creído que es, depravado?
—Judy Garland.
El oficial saca su pistola, pero no llega a disparar, pues uno de sus compañeros lo detiene.
—Una muchedumbre está reunida afuera. No hay que dar pasos en falso.
Y el hombre de mediana edad pone atención, pues el coro de voces llega con toda claridad. Algunos gritan consignas, otros entonan “We shall overcome”, pero la mayoría canta “Over the rainbow”, y esa es la señal que estaba esperando. Ese día, los amigos de Dorothy presentarían batalla.
El oeste, junio de 1978
Un anciano se inclina sobre un retazo de tela blanca, tratando de tomar una decisión. Pronto cumplirá diez años viviendo en San Francisco, y apenas recuerda la Kansas que lo vio nacer. Pero aquel mediodía, es como si de nuevo estuviera en Stonewall. Lo que pasó después de que el policía sacara la pistola contra uno de los caballeros era confuso en su memoria, pero recordaba el palpitar de su corazón, el olor a alcohol y lágrimas, a la gente cantando afuera de la taberna. A una mujer que intentó escapar le golpearon en la cabeza, los arrestados lanzaban besos mientras los arrojaban a las patrullas, alguien gritó “Poder gay”. Pronto, los policías eran atacados tanto dentro del bar como afuera. Pronto la turba era de más de seiscientos, y en medio de la ira y el dolor, el anciano recordaba haber sentido algo parecido a la esperanza “es imposible que todos sean como yo”, recuerda haber dicho “quizá la gente está cambiando. Quizá haya un futuro”.
Para la segunda noche de protestas, eran más mil los que salían a la calle a declarar la guerra a la injusticia, a la vergüenza, a la opresión, y aunque la prensa los llamó degenerados violentos, eran más poderosos que el tornado del que alguna vez leyó cuando era un niño. Pronto llegaron las noticas de Filadelfia, de Boston, de Atlanta. Cada vez más gente alzaba la voz, harta de esconderse.
Sí, eran una marea, un colectivo, una comunidad, pero les faltaba un símbolo, una bandera bajo la cual marchar, y para eso habían comisionado al anciano, artista en su días de juventud, pero el día de la nueva marcha en San Francisco, del orgullo como comenzaban a decirles, había llegado, y aún no tenía idea.
Frustrado, prendió la radio. Sonaba una canción que no escuchaba en casi diez años, desde aquella madrugada en Stonewall, y recordó como los hombres como él apartaban los salones y restaurantes, cuando querían tener reuniones secretas, una expresión que también alguien había mencionado en la protesta; y parecía la idónea, pues los que no hubieran sentido un despertar con el libro, lo habían hecho con la película. Escuchando la voz de Judy Garland, inspirándolo desde el más allá, el anciano comenzó a pintar.
Primero vino el rojo, el naranja y el amarillo; después el verde, el azul y el índigo; y para cuando terminó de sonar “Over the rainbow”, el púrpura comenzaba a secarse, y los amigos de Dorothy tenían una bandera que le daría la vuelta al mundo.
*Queer y queernes en el original.
¡Bienvenidos pasajeros! El origen de esta publicación se encuentra en una discusión que tuve hace un par de semanas, en la que mi interlocutor no entendía porque el mago de Oz y sus sucesivas adaptaciones han sido reclamadas de una manera tan férrea por la comunidad LGBT. No formo parte de ella, y traté que este relato fuera lo más respetuoso posible, pero aquí están cuatro orígenes posibles, que muestran posibles motivos, o por lo menos coincidencias, pues sería absurdo suponer que Judy Garland por sí sola inspiró lo que terminó por convertirse en sólo una vertiente de una extensa lucha por derechos civiles, aunque es cierto que tanto en vida como en muerte fue un icono queer. ¿Fueron intencionales aquellas semillas planteadas por los libros? Probablemente no, considerando el marcado racismo de Baum, pero hay veces en que las historias llegan en el momento adecuado para alimentar un anhelo y convertirlo en un movimiento.
Hasta el próximo encuentro…
Navegante del Clío
Comentarios