Un templo sobre el río Kwai
- raulgr98
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Tailandia, finales de 1945
Lo último que vez antes de salir del cuarto donde te permiten dormir es la vieja espada de tu padre; y por un instante, la tentación se asoma en tu interior. Tus superiores lo hicieron, muchos de tus colegas. Es doloroso, pero no tanto como la alternativa: pues ¿es comparable media hora de agonía con otra jornada confrontando las secuelas de tus acciones? Mas la tentación se queda en eso, pues te repites las razones por las que continuas aquí: que no hay sentido en morir con honor, cuando la vida que has llevado carece por completo de éste. Que el clavarse una espada es la salida de los cobardes, no de los guerreros de antaño. Que la muerte, en efecto es un alivio, uno que sabes bien, no te mereces.
Pues no eras ningún niño cuando la guerra comenzó, y pese a haber nacido al final de la catástrofe que fue la primera, alguien te convenció que la segunda era un acto necesario, incluso glorioso. Pero tuvo que acabar el combate para que abrieras los ojos, para que en el silencio comprendieras lo que habías hecho. "Eres el instrumento del emperador" te repetías con orgullo en las semanas que siguieron a tu ingreso a la policía secreta; pero ahora el instrumento ha sido abandonado, y sólo le queda trabajar hasta que se rompa, hasta el día que ocurra uno de dos imposibles: que ellos perdonen, o que tú olvides.
Tus pies despiertan cada día con nuevas llagas y callos, haces más esfuerzos que en tus días de universitario, incluso que en tus días de recluta, pues si antes te llevaban en automóvil a aquel maldito puente, ahora te obligan a caminar. Irías descalzo si te lo permitieran, pero es un alivio que no puedas regar con tu propia sangre aquella tierra extranjera; pues esa sería la última ofensa que podrías cometer contra ella. Caminas en silencio, despacio, tratando de detener el tiempo, pues esta mañana no tienes deseos de ver la fosa. En ti hace mucho que se desvanecieron las náuseas y las lágrimas, el olor a muerte que comienza a invadirte ya no te puede hacer más daño, pero es un trabajo que odias casi tanto como te odias a ti mismo.
Los soldados venidos de Occidente se apartan de ti conforme avanzas, casi puedes sentir sus dedos apuntándote; pues saben quien eres. El único que no está ahí obligado, el único que se ofreció voluntario a permanecer en ese infierno. ¿Es acaso un demente, que vive fuera de la realidad? ¿Un hombre cruel, que incluso ahora encuentra dicha en vivir rodeado de dolor? ¿O un muerto en vida que siente el llamado de los suyos?
Como todas las mañanas de las últimas siete semanas, te hundes hasta la cintura en el fango, y uno por uno pescas los cuerpos que los tuyos dejaron a pudrirse bajo el sol. Pero desenterrarlos es la parte fácil, porque después viene la verdadera tortura: revisar tatuajes, los pocos jirones que les quedan de ropa, algún objeto al que se hubieran aferrado en sus últimos momentos; y traducir para los británicos, los franceses, los americanos, las largas hojas de minuciosos registros de prisioneros, en un esfuerzo desesperado de regresarles sus nombres. Aquellos a quienes se los devuelvas, podrán regresar a casa, para recibir un entierro apropiados; los que permanezcan anónimos tendrán que pertenecer aquí, aunque por las noches te dedicas a cavar tumbas individuales, el único consuelo que les puedes ofrecer.
Siempre que puedes, evitas mirar el rostro, pues las caras son aquello con lo que más sueñas. Algunos de los cadáveres han tardado en pudrirse, y conservan aún vestigios deformados de su última emoción; el miedo, la súplica, en unos cuantos el desafío; a muchos de ellos los recuerdas todavía vivos. Pero los huesos son peores, pues no hay juicio más grande que el de las cuencas vacías; que en tus pesadillas se recubren con la piel de tu padre, de tu hermano, con ojos rojos de odio y dolor, y unas manos extendidas dispuestas a arrastrarte al abismo.
Para cuando el cielo se torna naranja, has logrado rescatar del lodo doce cuerpos, pero no son los únicos que excavas; pues son muchos más los que tienes que dejar atrás. "Comisión humanitaria", la llaman los triunfantes vencedores, pero las fosas comunes permanecerán llenas, pues a los occidentales sólo les importa la dignidad de los suyos. Esa fue una lección que aprendiste en tu primer día de voluntario, cuando el primer cuerpo que encontraste, como si el universo mismo se regodeara de tu culpa, fue el de un campesino de Java que habían llegado a trabajar, por ningún delito más allá de sostenerle la mirada a un oficial. Apenas mayor que un niño, pálido y frío se veía aún más joven. Era una de las jornadas en las que todavía podías llorar, y apenas pudiste cerrarle los ojos y secarlo de tus propias lágrimas, lo tomaste entre brazos para sacarlo del agujero, cuando un americano alto, con cara de pocos amigos, te dijo:
—Ese se queda. No es un prisionero de guerra.
—Los romusha* también fueron víctimas, más incluso. ¿No merecen también poder descansar con respeto y dignidad?
—Apenas nos dieron recurso suficiente para sacar a los nuestros de aquí. Los campesinos y arrieros se quedan.
Seis días más intentaste rescatar los cuerpos de aquellos romushas, antes de darte por vencido. Ahora, pasas de ellos en cuanto los reconoces como nativos, y sabes que para esa última ofensa no encontrarás la absolución. Continuas trabajando en silencio, hasta que, con los últimos rayos de sol; dos soldados te ayudan de forma brusca a salir de la zanja; y te informan que el coronel te está buscando. Cuando entras a su tienda, lo encuentras de pie, rígido; y notas que, contrario al día que lo conociste, los puros de su mesa permanecen intactos, y su botella aún sellada; parece que hasta él ha perdido el gusto por los pequeños placeres.
—Me informan que es ilegal retener fuerza laboral japonesa más de siete semanas. Esta será su última noche aquí.
— ¿Me ahorcarán?
—No. Lo mandaremos a su casa. Créame que no me da ningún placer, pero mis superiores creen que con este servicio se ha librado de cualquier pena.
—Pero, soy Kempeitai**. Escucho a sus hombres hablar, dicen que somos peor que los militares, peor que los animales...
— ¿Qué acaso desea morirse? Yo le diré quien es. Es un pobre idiota, que tuvo la mala fortuna de estudiar inglés en la universidad. Nada más.
—Estuve aquí mismo en la guerra, escuchando los gritos, viendo las torturas. Soy culpable.
—Es un traductor, nada más. No mató a nadie.
—Oh, no con mis manos, pero estoy seguro que cuando maldecían a los japoneses, y daban rostro a los causantes de su dolor, el que aparecía era el mío. Sí, jamás toqué un instrumento de tortura, pero provocarles tormento no bastaba, había que explicarles exactamente lo que les iba a pasar, para que lo comenzaran a imaginar antes de que comenzara el dolor. Yo se los susurraba con todo detalle, yo traducía cada humillación, cada orden, cada sentencia...
—¡Basta! Tengo muchas responsabilidades como para aguantar un discurso lastimero de uno de ustedes. Se irá de aquí con su vida, lo que hace con ella no es de mi incumbencia. Y una cosa más: por alguna razón, los Aliados han determinado que, como agradecimiento a ofrecerse voluntario, se le entregue el pago que su gobierno le quedó a deber por sus...servicios. Tome el dinero antes de salir; el barco lo estará esperando a las ocho en punto.
Tomas la pesada mochila, con la firme intención de arrojarla al río antes de partir. Mientras caminas de regreso al catre donde te han instalado, sabes que lo que has hecho no es suficiente; ¿Cómo podría serlo? Haces un juramento solemne, que regresarás a esta tierra, aunque no formes parte de ningún equipo. Darás tantos pasos hundido en el fango como muertos fueron abandonados sin consideración. Pero esa decisión no te fortalece, sino que te abruma, y te sientes tan hundido como los cadáveres sin nombre. Doce mil occidentales, noventa mil romusha; una penitencia que nunca terminará. Languidecerás en esta tierra, que ya te arrebató la juventud, la alegría, la fantasía de que eras un buen hombre.
En tu angustia, has salido del camino, y ahora te rodean las sombras de la oscura selva; y llegas a pensar que este es un buen lugar para dejarse morir; pero no eres digno del canto de las aves, y la serenidad del verde. Si tus enemigos se niegan a matarte, es porque ellos también intuyen que tu destino es desesperar. Tropiezas entonces con una raíz, y tu cabeza estalla contra algo duro; pero no es madera, sino piedra.
Permaneces de rodillas, pero alzas la mirada para tratar de distinguir la efigie. Es un hombre sentado, con las piernas cruzadas, y las manos juntas. Su peinado es principesco, pero la ropa que porta parece humilde. Lo reconoces, es el dios de los nativos; aquel que llaman Buda.
— ¡Perdóname! —le gritas— pude hacer más. Debí hacer más. ¡Castígame!
Pero el Buda, viéndote desde las alturas, tiene un rostro sereno, y sus ojos de piedra parecen casi compasivos. En tu delirio, crees imaginar una sonrisa cómplice, como si te dijera que aún hay algo que puedes hacer.
A la mañana siguiente, decides regresar al puente maldito, que los vencedores pronto comenzarán a desmantelar. Necesitas verlo una vez más, antes de arrojar el dinero de sangre que aún llevas contigo a lo más profundo del río Kwai. Cierras los ojos, esperando que fantasmas sedientos aparezcan para atormentarte, pero por primera vez, lo único que vez es el rostro pétreo del Buda. Al abrir los ojos, vuelves a ver el puente, bañado por la pálida luz de la aurora, y como si de un espejismo se tratara, dejas de ver los rieles de la muerte; ahora sobre el río sólo hay un templo de piedras circulares y estatuas de ojos compasivos; un lugar para llorar lo que se perdió, y agradecer por lo que aún puede salvarse. La aparición se desvanece tan rápido como llegó, pero prometes que verás ese lugar de paz construido, aunque la calma te sea vedada. Renuncias a cualquier esperanza de ser perdonado, aceptas que jamás olvidarás lo que hiciste, pero guardas el dinero de sangre, pues ahora sabes que hacer con él.
—Mi nombre es Takashi Nagase, quien fue instrumento del emperador. Ahora, aquel que no volverá a sentirla se convertirá en siervo de la paz.
*Trabajadores forzosos usados en la Segunda Guerra Mundial, la mayoría raptados de Indonesia después de que Japón la ocupara. Se cree que en el ferrocarril de Burma se usaron unos diez millones de estos trabajadores, que recibieron poca o ninguna paga.
**Miembro de la policía secreta.
¡Bienvenidos pasajeros! Mi mente creativa, como pudieron darse cuenta, ha gravitado hacia lugares oscuros esta semana, pero quería concluirla con una historia un poco menos oscura, sobre la posibilidad de redención incluso en medio de la oscuridad. Una de las historias más famosas de la Segunda Guerra Mundial es la del británico Eric Lomax, quien en 1995 se reencontró y perdonó a uno de los japoneses que lo interrogaron cuando fue prisionero de guerra, pero el día de hoy me pareció más interesante traerles la menos conocida perspectiva del perdonado, el traductor quien en efecto se convirtió al budismo, incluso tomando el sacerdocio, e incluso después de financiar la construcción del templo, realizó más de cien viajes de penitencia al río Kwai.
Hasta el próximo encuentro...
Navegante del Clío
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